Para nadie es un secreto que el estado moderno, con todas sus instituciones y ramificaciones burocráticas, es ajeno al alma misma del pueblo. Además, aquellos que lo dirigen lo perciben no como un instrumento de servicio, sino como un botín sobre ruedas, un vehículo dispuesto para el expolio.
Para nadie es un secreto que el estado moderno, con todas sus instituciones y ramificaciones burocráticas, es ajeno al alma misma del pueblo. Además, aquellos que lo dirigen lo perciben no como un instrumento de servicio, sino como un botín sobre ruedas, un vehículo dispuesto para el expolio.
Así, el Estado ha devenido en un bazar mafioso, donde cualquier individuo provisto de investidura oficial goza de la impunidad para saquear. No se trata ya de una administración civilizada, sino de un estado pirata, regido por camarillas que instrumentalizan la maquinaria estatal para enriquecerse, devastando todo a su paso.
Estas élites capturan y pervierten las instituciones fundamentales de la república: la administración pública, el poder judicial, las fuerzas armadas, los medios de comunicación y el sistema financiero. Incluso organismos creados bajo la bandera de la equidad y el bien común —como las comisiones de derechos humanos, de medios o de educación cívica— no han escapado al contagio. También han sido profanados, contaminados, pervertidos.
El resultado es un aparato estatal paralizado, donde campean la indolencia, la ineptitud, la desidia y el desprecio por la excelencia. La estructura pública se convierte así en un cuerpo sin nervio ni alma.
La policía, que debería custodiar el orden, se comporta como bandolero de caminos. Y los jueces, antaño custodios de la justicia, fungen ahora como escribas al servicio de los saqueadores. No existe ya contrapeso alguno contra el bandidaje, pues este ha sido legalizado bajo el barniz de la función pública.
Una causa relevante de esta corrupción sistémica se encuentra en la sobreconcentración del poder económico y político en unas pocas manos, en la maraña de controles estatales y en un marco legal que, lejos de alentar la virtud y la eficiencia, penaliza la iniciativa y recompensa la sumisión.
Altos tributos, normativas laborales anacrónicas, burocracias inertes, trámites interminables y corrupción institucionalizada… todo ello ahuyenta la inversión, paraliza el genio emprendedor y sofoca el anhelo de superación.
Por lo menos aquí, los liberales no se equivocaron cuando decían que lo que verdaderamente mueve a los pueblos no es la caridad estatal ni el colectivismo forzado, sino la recompensa legítima de su propio esfuerzo. La creatividad, la prosperidad y la innovación florecen únicamente allí donde existen derechos de propiedad seguros, información transparente, justicia confiable y reglas del juego claras.
Porque el espíritu humano no crea en el vacío. Necesita un entorno fértil, justo y propicio —no uno gobernado por las sombras— para que la llama de su grandeza pueda alzarse y no ser devorada por los vientos del abuso. Sin embargo, el error liberal fue el dar la espalda a nuestros orígenes verdaderos bajo la premisa de que debemos hacernos “europeos” para ser prósperos.
Desde los albores de nuestra emancipación, en los días ardientes de la independencia frente a España, México ha venido debatiendo los grandes problemas nacionales, sus raíces profundas y los caminos hacia su redención. Han pasado más de dos siglos desde entonces, y la amarga sensación de que hemos fracasado como nación moderna todavía pesa sobre nosotros. Es comprensible, entonces, que muchos lleguen a pensar que nacimos para fracasar, que somos inferiores a otras naciones, y que estamos condenados a ser eternos actores secundarios en el concierto del mundo.
Pero esta idea es una ilusión sombría, un velo que oscurece la verdad. Porque hubo épocas —gloriosas y ciertas— en las que el genio mexicano era admirado y respetado incluso por los pueblos de Europa. Las voces sabias del Viejo Mundo han reconocido que, en tiempos de las antiguas civilizaciones precolombinas, existían sociedades funcionales, un orden económico próspero y una coexistencia adecuada con el ambiente externo, pese a la ausencia de animales de carga o medios de transporte avanzados.
Y si bien en ciertos rincones de América existían pueblos aún en estado primitivo, no olvidemos que la Europa del siglo XVI tampoco brillaba por igual en todas sus regiones. Los que niegan la grandeza del México antiguo también reniegan de la riqueza espiritual e institucional del período virreinal. Pues fue gracias a las Leyes Nuevas, impulsadas por hombres como Bartolomé de las Casas, que muchas de las estructuras indígenas fueron respetadas o reconstruidas, permitiendo que los virreinatos florecieran conforme a su propia identidad. Por al menos dos siglos, el México barroco era la envidia de muchas naciones y en pocos lugares se había alcanzado tal grado de prosperidad y creatividad artística.
Sin embargo, este equilibrio se quebró con las Reformas Borbónicas, impuestas por quienes deseaban una España más europeizada, y no un imperio con alma americana. Con aquella primera reforma liberal, los afrancesados transformaron a las posesiones ultramarinas en meras colonias, negándoles su papel como pilares de una civilización autónoma.
Por eso fue tan significativa la gesta de Agustín de Iturbide. Él no vio en la independencia una ruptura, sino una reconciliación. Su proyecto buscaba unir las raíces indígenas con la tradición católica y el espíritu comunitario que nos define. Pero su visión fue socavada por intereses extranjeros —principalmente de Estados Unidos e Inglaterra— que temían el surgimiento de un imperio independiente y poderoso. Después de todo, ellos habían estado en concierto con los afrancesados desde tiempo atrás, porque la civilización indoamericana era un escollo para sus ambiciones.
Así, las élites criollas de Hispanoamérica, engañadas por ideas foráneas, confundieron nuestras tradiciones con el atraso, y adoptaron modelos políticos que chocaban con el alma de nuestros pueblos. De allí brota la debilidad de la República Mexicana moderna: un modelo que es apenas la sombra pálida del México profundo que fue negado su derecho a existir.
Un ejemplo claro es nuestra economía. Por un lado, existe un sector tradicional que, cuando no es perturbado por la corrupción oficial o la violencia mafiosa, crea empleos y dinamismo. Por otro, un sector moderno, atrapado por las élites gubernamentales y desconectado del espíritu colectivo que debería sostenerlo.
Los liberales del siglo XIX despreciaron nuestras raíces creyendo que eran sinónimo de atraso. Y los populistas del siglo XX, aunque identificaron el problema colonial y buscaron redención, lo hicieron con una lectura equivocada: asumieron que las civilizaciones originarias eran igualitarias y comunistas, cuando en realidad eran sociedades organizadas pero descentralizadas y donde la libre iniciativa y las empresas comerciales eran la norma.
Hoy, aquellos que luchamos por la verdad histórica sabemos que ni los caudillos de ayer ni los ideólogos del presente han entendido al México verdadero. Un México cuyas instituciones tradicionales promovían el comercio, la circulación de bienes y el servicio a la comunidad. Un México donde el orden no era impuesto por fuerza extranjera, sino sostenido por la costumbre, el honor y la reciprocidad.
Y por eso, a mediados del siglo XVIII, nuestros virreinatos ofrecían una calidad de vida comparable, e incluso superior, a la de muchas regiones de Europa. Es, por tanto, erróneo afirmar que hemos sido siempre un pueblo derrotado o mediocre. De ahí la urgencia de nombrar las cosas como son.
El Estado postcolonial actual no brotó de la entraña viva de la nación; fue injertado como un cuerpo ajeno. Por ello, el Estado mexicano contemporáneo presenta deformidades profundas y ha provocado una fractura devastadora en el tejido social: el cuerpo de la nación lo rechaza, pues fue diseñado para una realidad anglosajona y europea que no es la nuestra.
México debe, entonces, gestar su propia constitución y sistema político, uno que brote de su memoria ancestral, su experiencia concreta y sus legítimas aspiraciones. La definición última de este sistema recae en el pueblo mexicano, y el Frente Nacionalista de México es la organización que ha esbozado el proyecto para nuestra liberación nacional.”