Según las voces de la ciencia y el eco de la tradición, todos los pueblos americanos descendemos de no más de cien caminantes que, cruzando los hielos de Beringia, se internaron en un continente virgen, vasto y lleno de presagios.
LA MEMORIA DE LOS PRIMEROS
Nosotros, hijos del Anáhuac, nietos del Tahuantinsuyo, de los Mayas, de los Purépecha, de los Pipiles y de los pueblos sin nombre, reconocemos que nuestro origen fue humilde pero colmado de grandeza.
Según las voces de la ciencia y el eco de la tradición, todos los pueblos americanos descendemos de no más de cien caminantes que, cruzando los hielos de Beringia, se internaron en un continente virgen, vasto y lleno de presagios.
Y he aquí el prodigio:
Sin caballos, sin bueyes, sin ruedas ni hierro,
construimos ciudades orientadas al cielo,
levantamos calendarios más precisos que los de otras tierras,
erigimos templos sin clavos,
y abrimos caminos en selvas y desiertos.Fuimos pocos. Pero fuimos sabios.
La adversidad nos templó. La tierra nos habló.
Y respondimos con astronomía, arte, filosofía, espiritualidad, milpa, códice, consejo.
MÉXICO: HEREDEROS DE DOS SOLES
Decir que somos solamente hispanos es mutilar el espejo. Es reducir nuestra identidad a una etiqueta que niega la riqueza de nuestras raíces, esa multiplicidad de culturas que corre por nuestras venas. Somos mucho más que un solo origen, más que una simple herencia de un imperio distante. Somos el reflejo de todas las historias, de todas las luchas, de todas las transformaciones que nos han dado forma a lo largo de los siglos. En ese espejo no solo se ve el rostro de los conquistadores, sino también la mirada profunda de los pueblos originarios, el eco de las voces que nunca se apagaron, el brillo de la luna reflejada en la piel de la tierra que nos vio nacer. Para vernos en ese espejo, hay que mirar más allá de lo superficial, hacia las capas profundas de nuestra historia, donde habitan las sombras y las luces de todos los que han tejido este ser colectivo.
Y decir que somos solamente indígenas es negarle el sol a la luna. Es negar la luz de la diversidad, esa energía vital que nos ha permitido sobrevivir y evolucionar. Si reducimos nuestra identidad solo a lo indígena, olvidamos que somos también el fruto de un mestizaje, de un cruce de caminos, de un encuentro entre mundos que, aunque diferentes, han compartido la misma tierra. El sol y la luna no pueden existir el uno sin el otro, porque son fuerzas complementarias que dan forma al ciclo de la vida. De la misma manera, no podemos pretender que uno de nuestros orígenes prevalezca por encima del otro sin destruir la armonía que nos define como pueblo. Somos la conjunción de esos dos mundos, como el día y la noche, en un equilibrio perfecto que nos da una identidad única y plural.
Somos herederos de los pueblos del maíz y de los pueblos del hierro. De los pueblos que con sus manos trabajaron la tierra, que sembraron el futuro en las semillas del maíz, esa planta sagrada que ha nutrido nuestras almas y nuestros cuerpos desde tiempos inmemoriales. Somos también herederos de aquellos que forjaron el hierro, que con sudor y valentía modelaron las herramientas y las armas que permitieron a nuestros ancestros defenderse y sobrevivir. No somos la simple sumatoria de dos culturas: somos la fusión de esas herencias, tejidas a través del tiempo, entrelazadas en nuestra carne, formando un entramado que da cuenta de nuestra resistencia y nuestra capacidad de adaptación. El maíz y el hierro no solo nos definen, sino que nos enseñan que lo sagrado y lo práctico, lo espiritual y lo material, pueden coexistir y enriquecerse mutuamente.
No vinimos de ultramar como los anglosajones del norte que arrancaron tierra y borraron raíces. Nuestra llegada no fue una invasión, ni una conquista. Somos descendientes de los pueblos que se establecieron en estas tierras mucho antes de que las naves europeas cruzaran el océano. No arrancamos nada, sino que nos enlazamos con la tierra, con el sol y la luna, con los ríos y las montañas, creando un vínculo profundo que no puede ser cortado. Los anglosajones del norte, con su afán de expansión, arrancaron tierra y borraron las huellas de quienes ya habitaban esas tierras, ignorando que no somos dueños de la naturaleza, sino sus guardianes y sus hijos. Nosotros, por el contrario, nos fundimos con ella, transformándola sin destruirla, respetando sus ritmos y sus ciclos, conscientes de que somos parte de la tierra, y no algo separado de ella.
Nosotros somos raíces. No somos una planta que crece por encima de la tierra, sino una raíz profunda, que se entierra en el suelo, que se conecta con los elementos, que se alimenta de los recuerdos y de las esperanzas de nuestros ancestros. Las raíces no se ven, pero sostienen la vida, mantienen firme el tronco, y permiten que el árbol crezca hacia el cielo. Nosotros somos esas raíces que no pueden ser arrancadas, porque nos conectan con todo lo que hemos sido y todo lo que seremos. Nos nutrimos de la tierra, del maíz, del hierro, de la luna, del sol, y somos indestructibles en nuestra esencia, porque nuestra fuerza proviene de algo mucho más grande que cualquier imperio o nación.
Nuestra historia se injertó en esta tierra y no puede arrancarse. Nuestra historia no es un cuento lejano, ni un relato que se pueda borrar con el paso del tiempo. Está escrita en las piedras, en los vientos, en el canto de los pueblos que nunca dejaron de existir. Nuestra historia es un injerto que creció con la fuerza de la tierra misma, una historia que está tan entrelazada con la naturaleza que no puede ser separada de ella. Cada paso que hemos dado en esta tierra ha dejado una huella imborrable, y aunque intenten borrar esas huellas, la tierra seguirá recordando lo que fuimos y lo que somos.
México no fue colonizado: fue transformado. Y esa transformación no fue un acto de destrucción, sino de creación. La colonización trató de imponer un modelo ajeno, pero la resistencia de los pueblos originarios, junto con la llegada de nuevas culturas, dio lugar a una nueva identidad, una que no se sometió ni se borró, sino que se reinventó. México no fue colonizado, fue fundido, transformado en un crisol de culturas, en una tierra que habla muchos idiomas, pero que, al final, se reconoce a sí misma en un solo nombre: México.
Y el resultado es único en la historia de la humanidad. Lo que hemos logrado, lo que somos, es un testimonio de nuestra resiliencia, de nuestra capacidad para fusionar lo viejo y lo nuevo, lo indígena y lo europeo, lo ancestral y lo moderno. No hay otro pueblo en el mundo que haya experimentado una metamorfosis tan profunda, tan poderosa, y tan hermosa. Nuestra historia es una historia de renacimiento, de resistencia, de creación. Y ese resultado, ese ser que somos hoy, es una joya única en la historia de la humanidad, un testamento a nuestra capacidad de transformar el dolor y el sufrimiento en algo hermoso y fuerte.
El mestizaje no es vergüenza. El mestizaje no es algo de lo que debemos escondernos, ni algo que nos avergüence. El mestizaje es nuestra fuerza, nuestra riqueza, nuestra grandeza. No es un error, ni un pecado, es la celebración de lo que somos, una afirmación de que somos mucho más que las etiquetas que otros quieren imponernos. El mestizaje es nuestra victoria sobre el tiempo, sobre la historia, sobre la opresión.
El mestizaje no es pecado. No es pecado abrazar lo que somos, porque en nuestro ser fluye la sangre de los dioses y la sangre de los conquistadores, fusionadas en una nueva existencia que no niega ni el uno ni el otro, sino que los reconoce y los celebra. El mestizaje es el acto de reconocer nuestras múltiples raíces y de honrarlas con orgullo, con fuerza, con dignidad.
El mestizaje es la sangre del Sol y la Cruz bebiendo del mismo río. Es el encuentro de dos mundos, de dos símbolos poderosos: la luz del Sol y la fe de la Cruz, dos fuerzas que se encuentran y se nutren mutuamente, creando una nueva forma de ser. La sangre del Sol, que es nuestra herencia ancestral, y la sangre de la Cruz, que es nuestra herencia cristiana, se mezclan en un solo río que corre con la fuerza de ambos, creando una corriente de vida, de resistencia, de fe, de amor. En ese río nos bañamos todos, sin distinción, porque somos uno en nuestra diversidad, y esa es nuestra fortaleza.
LA INDIANIDAD POSITIVA: RECONCILIACIÓN Y DESTINO
Rodolfo Nieva López, llamado Izcayotzin, habló del alma ancestral que vive aún en la lengua, el rostro y los gestos de los mexicanos.
En su reflexión, Izcayotzin nos recuerda que, aunque el tiempo haya pasado y las estructuras de la sociedad hayan cambiado, el alma de nuestros antepasados persiste en nosotros. Está presente en cada palabra que pronunciamos en nuestra lengua materna, en cada mirada que compartimos, en cada gesto que hacemos. Esa alma no es un vestigio del pasado, sino una presencia viva, un lazo que nos une a las raíces de nuestra identidad, que se mantiene intacto a través de los siglos, atravesando generaciones. Nos conecta no solo con los que nos precedieron, sino también con los que vendrán. El rostro mexicano no es solo una cara, es una historia, una memoria viva de un pueblo que sigue siendo el mismo, aunque el mundo a su alrededor haya cambiado.
Sin embargo, el indigenismo separatista, sostenido por resentimientos o intereses, divide al pueblo.
El indigenismo separatista, en su afán de reivindicar lo indígena, ha caído en la trampa de la división, alimentada por resentimientos que no permiten ver más allá de las heridas del pasado, o por intereses que buscan manipular la identidad para fines ajenos al bienestar colectivo. Nos ha enseñado a vernos como “ellos” contra “nosotros”, como si nuestras diferencias fueran más fuertes que lo que nos une. Pero esta separación es falsa, es una ilusión que nos aleja de nuestra verdadera naturaleza. En lugar de sumar, divide; en lugar de reconstruir, rompe. Olvidamos que somos la misma casa, el mismo barro, el mismo canto que ha sido transmitido de generación en generación, y que la esencia de nuestra identidad es común.
Nos convierte en “ellos” contra “nosotros”, cuando en realidad somos la misma casa, el mismo barro, el mismo canto. Es fácil caer en la trampa de las etiquetas, de la diferenciación, pero lo que olvidamos es que, más allá de los nombres y los símbolos, estamos hechos del mismo barro, del mismo polvo, de la misma tierra. Nuestros ancestros no fueron “ellos”, fueron nuestros abuelos, y aunque la historia nos haya dividido en muchos momentos, en el fondo, todos compartimos la misma raíz. La misma casa que albergó a los pueblos originarios, que acogió a los que vinieron de otros mundos, y que hoy nos invita a todos a convivir, a reconstruir juntos el espacio común. El canto de nuestra tierra no tiene dueño, es un coro colectivo que resuena en cada uno de nosotros, y que debe ser escuchado por igual por todos, sin distinción.
La indianidad positiva no predica odio ni victimismo. La indianidad positiva no es un grito de desesperación ni una llamada a la revancha, no busca sumergirnos en el odio, ni encerrar a nuestros pueblos en el rol de víctimas perpetuas. No es una ideología que se alimenta del sufrimiento ni del rencor. Por el contrario, es una propuesta de esperanza y futuro, una invitación a mirar hacia adelante, pero siempre con los pies en la tierra y la mirada en el horizonte de lo que somos capaces de crear juntos. La indianidad positiva no se trata de revivir heridas, sino de sanarlas, de superar el dolor y de avanzar en una nueva dirección, que nos reconozca no solo como víctimas del pasado, sino como protagonistas del futuro que estamos construyendo hoy.
Predica reencuentro, restauración y dignidad. Es un llamado a regresar al reencuentro con nosotros mismos, con nuestra esencia ancestral, con la tierra que nos vio nacer y que sigue siendo la raíz de nuestra existencia. La restauración no es solo física, sino también espiritual, un regreso a nuestras fuentes de sabiduría y fortaleza. La dignidad no es un privilegio que se concede, es una reconstrucción del ser, una afirmación de que nos merecemos respeto, reconocimiento y justicia, no por nuestra pertenencia a un grupo o etnia, sino por nuestra humanidad y por la grandeza que cada uno de nosotros lleva en su ser. La indianidad positiva nos llama a vernos como herederos de un legado, no como espectadores del dolor ajeno, sino como constructores de un futuro justo y lleno de dignidad.
Nos llama a dejar de buscar el espejo roto del extranjero y volver a mirarnos con ojos de piedra volcánica y fuego interior. La indianidad positiva nos invita a dejar atrás la necesidad de validación externa, a dejar de buscar un espejo roto, fragmentado por la mirada del extranjero que ha intentado definirnos desde su propia perspectiva. Ya no necesitamos los ojos de aquellos que nos ven como “otros”, como extraños. Debemos mirarnos a nosotros mismos con los ojos de piedra volcánica, firmes, inquebrantables, con la fortaleza de una tierra que ha sido testigo de todas nuestras luchas y de todos nuestros renacimientos. Debemos vernos con el fuego interior que arde en nuestro corazón, que nos impulsa a seguir adelante, a resistir, a reconstruir, a transformar. Ya no necesitamos los espejos ajenos, necesitamos nuestro propio reflejo, el que emerge desde el fondo de nuestra historia y nuestra alma.
La indianidad positiva no exige privilegios ni etiquetas. No busca que se nos reconozca con etiquetas que nos encierren en roles predeterminados, ni con privilegios que nos sitúen por encima o por debajo de los demás. No es una lucha por la superioridad, sino por la equidad, por el reconocimiento de que todos somos iguales en dignidad, y que el rescate de nuestra cultura no debe ser usado como un instrumento de poder, sino como un camino de igualdad. La indianidad positiva no es un reclamo de distinción, sino una llamada a la unidad, a la hermandad, a la comprensión de que somos parte de algo mucho mayor que nosotros mismos: un pueblo entero, una nación.
Exige memoria, trabajo, unidad. Lo que la indianidad positiva demanda no es que se nos entregue algo, sino que se nos reconozca nuestro derecho a la memoria, a recordar quiénes somos y de dónde venimos, a mantener viva nuestra historia, a trabajar por el futuro que deseamos, a unirnos en un proyecto común que vaya más allá de las divisiones del pasado. La indianidad positiva es un compromiso activo, no solo un reconocimiento simbólico, sino una llamada a la acción, a la construcción de una sociedad basada en la justicia, la igualdad y la unidad. Solo a través de la memoria, el trabajo y la unidad podremos restaurar nuestra dignidad y avanzar hacia un futuro más justo para todos.
NUESTRA TAREA: RECUPERAR EL MANDATO ANCESTRAL
Debemos levantar de nuevo los pilares de la casa de los antiguos. Es un llamado profundo a reconstruir lo que nos fue dado, a resucitar los cimientos que nos sostuvieron y nos definieron como comunidad a lo largo de los siglos. Los antiguos, sabios en su conexión con la tierra y el cosmos, nos dejaron una herencia invaluable, un modelo de vida que es tan relevante hoy como lo fue en el pasado. Estos pilares no solo son estructuras físicas, sino también principios espirituales y sociales que nos unen y nos enseñan a vivir en armonía, en equilibrio y en solidaridad. Es momento de levantar, con las manos firmes y el corazón lleno de esperanza, las bases de una nueva comunidad que, aunque transformada por el tiempo, sigue siendo la misma en su esencia.
El calpulli: la familia extendida, el barrio como núcleo de destino compartido. El calpulli es mucho más que una organización territorial o un conjunto de viviendas. Es la familia extendida, el tejido social que se entrelaza y se nutre de la solidaridad mutua, de la convivencia cotidiana, de los lazos de hermandad que nos unen más allá de la sangre. Es el barrio, el lugar donde todos compartimos un destino común, un espacio sagrado donde el bienestar del individuo está inseparablemente ligado al bienestar del colectivo. El calpulli no es solo un lugar físico, sino una red de apoyo que se fortalece en la interdependencia, un recordatorio de que nadie está solo. En este barrio ancestral, cada acción de uno afecta a todos, y el esfuerzo de todos hace florecer la vida de cada individuo.
El consejo: donde los viejos sabios orientaban sin imponer. El consejo es un espacio de sabiduría, un círculo de voces que resuena con el eco de generaciones. Aquí, los viejos sabios compartían sus conocimientos, no como imposiciones autoritarias, sino como orientaciones, como guías suaves, como faros en la oscuridad. Estos sabios no imponían, sino que te enseñaban a caminar por tu propio camino, a encontrar el sendero que te pertenecía, a tomar decisiones con el corazón lleno de sabiduría y el espíritu claro. El consejo no busca el poder ni el control, sino el equilibrio y la armonía dentro de la comunidad, el respeto por los ciclos de la vida y el entendimiento de que la experiencia tiene un valor que trasciende el tiempo. En su círculo, el diálogo fluye libre, la palabra se comparte con respeto y con la intención de fortalecer, nunca de dividir.
La milpa: economía regenerativa, autosuficiencia con equilibrio natural. La milpa es la escuela del ciclo de la vida, es la economía regenerativa que no explota la tierra, sino que la cuida y la respeta. Es un recordatorio de que nuestra relación con la naturaleza no debe ser de extracción, sino de colaboración. La milpa enseña a sembrar no solo para el presente, sino con la visión de las generaciones venideras. Es una práctica de autosuficiencia que no se basa en el aislamiento, sino en la interdependencia con el medio ambiente. En la milpa, cada elemento tiene un rol que desempeñar, y la armonía entre ellos genera abundancia sin destrucción. La tierra, al ser tratada con respeto, regenera su fuerza, y el trabajo humano se convierte en parte del ciclo natural. Así, la milpa no solo es una fuente de alimento, sino una lección viva sobre cómo vivir con equilibrio, reconociendo que nuestra prosperidad depende de la salud de la tierra.
La palabra florida: retomar el arte de hablar con verdad y belleza. La palabra florida es el arte de hablar con el corazón, de usar las palabras no solo como herramientas de comunicación, sino como puentes entre las almas. Es un lenguaje que honra la verdad y la belleza, que no busca la manipulación ni la división, sino la conexión profunda. Hablar con verdad no es solo ser honesto, sino también ser fiel a la sabiduría ancestral, a esa verdad que trasciende las mentiras del momento y se conecta con lo eterno. Hablar con belleza es entender que las palabras tienen el poder de transformar el mundo, de crear realidades, de elevar el espíritu. La palabra florida es la que brota de la sabiduría, la que nos lleva a la reflexión, a la unidad, a la paz. Es la palabra que cura, que reconcilia, que siembra esperanza.
El fogón central: como símbolo de que todos cabemos alrededor del mismo fuego. El fogón central es el corazón de la comunidad, el lugar donde todos se reúnen, donde se comparte no solo el alimento, sino también la calidez humana. El fuego no solo alimenta el cuerpo, sino que también ilumina el alma. En torno a él se cuentan historias, se resuelven conflictos, se celebran victorias y se lloran pérdidas. El fogón es el símbolo de que todos cabemos alrededor del mismo fuego, que no hay espacio para el rechazo ni la exclusión. Es el lugar donde se reconoce que, aunque cada uno sea único, todos somos necesarios, que en el calor del fuego, todas las diferencias se disuelven, y lo único que importa es el vínculo humano que nos une. Al igual que el fuego, que siempre necesita ser alimentado para seguir ardiendo, la comunidad necesita ser nutrida por la solidaridad y la cooperación. El fogón central no es solo un lugar físico, sino un espacio simbólico que nos recuerda que nuestra unidad es el fuego que nos mantiene vivos.
Así, levantemos de nuevo estos pilares, con la fuerza de nuestros ancestros y la sabiduría de quienes nos han precedido, para que la casa de los antiguos vuelva a ser un hogar, un lugar de unidad, de fortaleza, de esperanza y de dignidad.
EL DERECHO A LA TIERRA Y A LA HISTORIA
Nosotros no fuimos trasplantados a América. No fuimos simplemente un accidente de la historia, una carga extraída de tierras lejanas y depositada en estas tierras. No somos intrusos ni seres que llegaron a ocupar un espacio que no les pertenecía. Nosotros, como pueblo, somos América, desde antes que se pronunciara ese nombre, desde antes que las tierras se dividieran en fronteras y naciones. Nuestra esencia está tan profundamente arraigada a esta tierra que el suelo que pisamos es el mismo que nutría a nuestros ancestros. Desde el primer alfarero que modeló su vasija con barro sagrado hasta el último que sembró su maíz, hemos sido siempre parte de este territorio, y su alma es también nuestra alma. Esta tierra nos dio el aliento de vida, y en su cuerpo vivimos y respiramos.
Somos América. No hay otro lugar en el mundo que nos pueda reclamar como propios, porque la tierra nos ha llamado desde siempre. El viento que acaricia las montañas, el río que atraviesa los valles, los volcanes que se alzan como guardianes del horizonte, todo esto nos pertenece porque es nuestro. Somos la sangre que corre por sus venas, la cultura que florece en su suelo, el alma que danza al ritmo de su historia. No necesitamos buscar en otros lugares nuestras raíces, porque ya estamos profundamente anclados en esta tierra. América no es solo un continente, es nuestro hogar eterno, nuestra herencia y nuestro futuro.
Y por ello, tenemos un derecho espiritual y natural a habitarla, cultivarla y preservarla.
Este derecho no es solo una cuestión legal, ni una mera permiso otorgado por el poder. Es un derecho profundo, un vínculo que se extiende a través del tiempo y el espacio, un derecho espiritual que brota de nuestra conexión ancestral con la tierra. No venimos aquí para invadir ni para despojar; venimos para vivir en armonía, para cultivar con respeto y con amor este suelo sagrado que nos acoge. Tenemos la responsabilidad de preservarlo, de mantenerlo vivo, tal como lo hicieron nuestros abuelos, tal como lo haremos nosotros para las futuras generaciones. La tierra no nos pertenece como propiedad, sino como guardianes, como sus hijos e hijas encargados de cuidarla y devolverle todo lo que nos ha dado.
No estamos aquí por la conquista. No somos los descendientes de quienes llegaron con la espada y el fuego, que creyeron que podían dominar y subyugar lo que encontraban. Nosotros no estamos aquí por la conquista ni por la imposición de un nuevo orden, sino porque nuestra presencia ha sido siempre parte de esta tierra. Somos los herederos de un pueblo que resistió, que se adaptó, que creó una nueva historia a partir de las semillas plantadas por los que vivieron antes. No somos una huella pasajera, ni una cicatriz en el rostro de la tierra, sino una expresión continua de su historia, de su transformación.
Estamos aquí porque nuestros abuelos lo estuvieron. El legado de nuestros abuelos es nuestra guía y nuestra fuerza. Ellos caminaron por estos caminos, labraron estos campos, soñaron con este futuro. Y hoy, nosotros somos su memoria viva, sus sueños encarnados. No necesitamos permisos para existir aquí, ni debemos pedir disculpas por estar presentes, porque nuestros abuelos nos dejaron este legado. Ellos hicieron posible que hoy podamos alzar nuestras voces y afirmar que este es nuestro lugar. No hay olvido que borre su huella, ni cambio que pueda destruir su memoria. Lo que vivimos y lo que somos, es una continuación de su presencia.
Porque nuestras manos saben labrar este suelo. El contacto con la tierra no es solo una habilidad, sino una sabiduría heredada que fluye a través de nuestras venas. Nuestras manos no solo trabajan la tierra, sino que la entienden, la leen, la respetan. Sabemos cómo sembrar, cómo cuidar, cómo cultivar en armonía con los ciclos de la naturaleza. Nuestra relación con la tierra es profunda y la hemos aprendido desde niños, como un idioma antiguo que nunca dejamos de hablar. El trabajo de la tierra es nuestra forma de honrarla, de devolverle el sustento que ella nos da.
Porque nuestros huesos ya son parte del polvo sagrado de esta patria. Nuestros cuerpos no son extraños a este suelo; ya somos uno con él. Los huesos de nuestros ancestros descansan en esta tierra, y la tierra ha abrazado nuestros propios huesos. Cada paso que damos, cada movimiento que hacemos, resuena en las raíces de esta patria. La sangre de nuestros ancestros corre por nuestros cuerpos, y su sabiduría y su fuerza nos permiten seguir construyendo lo que ellos soñaron. En cada rincón de esta tierra, nuestros huesos cuentan la historia de un pueblo que nunca dejó de luchar por su dignidad y por su presencia en su hogar.
No mendigamos espacio en el mundo. No venimos a implorar por un lugar, ni a suplicar por ser aceptados. No estamos buscando una oportunidad para ocupar un espacio en la historia de la humanidad. Nuestra presencia no es una concesión ni una gracia que se nos ha otorgado. Nosotros ocupamos este espacio porque nos pertenece, porque lo hemos creado y nourished a lo largo de los siglos. No somos mendigos, somos los dueños de nuestra historia y de nuestra tierra.
Venimos a restaurar el equilibrio. No buscamos dominar ni destruir, sino restaurar el equilibrio que ha sido alterado. Nuestro propósito es sanar, reconstruir y equilibrar lo que ha sido fracturado. Venimos con la sabiduría ancestral que nos enseña a vivir en armonía con todo lo que nos rodea, a respetar la tierra, a cuidarnos unos a otros y a trabajar juntos para crear un futuro más justo y equilibrado. Restaurar el equilibrio no es solo una misión social o política, sino un compromiso espiritual con el cosmos, con la tierra y con nuestra humanidad. Venimos a devolverle a este mundo el equilibrio que siempre debió haber tenido, porque sabemos que la unidad y el respeto mutuo son las fuerzas que lo transformarán.
UN LLAMADO A LOS HIJOS DEL SOL Y LA CRUZ
Que la indianidad positiva sea el crisol en que se funden los pueblos de México,
los de la Sierra y los del Altiplano,
los de las ciudades y los de la selva,
los que rezan en náhuatl, en latín o en silencio.Que no haya más división sembrada por ideologías extranjeras.
Que no haya más vergüenza del rostro cobrizo ni del nombre ancestral.
Que no haya más olvido del idioma ni del espíritu.
Que se rompa el ciclo de la desmemoria.Y que desde el quincunce, el centro sagrado de los cinco rumbos,
surja el Hombre Nuevo:
hijo de la milpa, nieto del Evangelio,
custodio del maíz y del verbo,
constructor de una Patria Grande que no será borrada.

