Juan Manuel Zunzunegui y la ingenuidad de los hispanistas

ByEditor

23 marzo, 2026

En los últimos años, la defensa de la hispanidad ha encontrado nuevos divulgadores que buscan responder a la llamada “leyenda negra” y reivindicar el papel histórico de España en América. Entre ellos, figuras como Juan Miguel Zunzunegui han logrado gran difusión, especialmente en espacios digitales y gracias al patrocinio de grandes marcas.

Por supuesto, creo que es bastante loable que un influencer del sistema tenga la suficiente franqueza como para plantear que jamás podremos tener un país exitoso mientras el sistema educativo continúe catequizando a los niños desde pequeños con la idea de que los mexicanos somos unos perdedores.

Sin embargo, más allá de los aciertos puntuales que puedan encontrarse en la labor divulgativa de Zunzunegui, resulta peculiar la manera en que algunos sectores de la “ultraderecha” (normalmente acostumbrados a tachar de “herejes” y “comunistas” a todos los demás) se suben al carro de un influencer del sistema cuyas ideas son bastante anticristianas.

Aquí, el problema no radica en la persona de Zunzunegui ni en su intención, sino en el esquema interpretativo: una visión de la historia que reproduce formas de evolucionismo típicamente modernas (en algunos aspectos cercanas a esquemas marxistas) y que además se aproxima al llamado “dogma sociológico de los tres estados” del positivismo francés de Auguste Comte.

Este enfoque, al privilegiar el desarrollo técnico como criterio principal de “superioridad”, corre el riesgo de reducir la complejidad histórica y de vaciar de contenido las dimensiones espirituales, culturales y simbólicas que constituyen el núcleo de la hispanidad. Esto sin mencionar que de entrada, los esquemas marxistas de Zunzunegui implican una aceptación implícita de la propia modernidad a la que los hispanistas católicos supuestamente cuestionan.

A lo que voy, es que el evolucionismo histórico parte de una premisa básica: las sociedades avanzan a través de etapas sucesivas, cada una superior a la anterior en términos de complejidad, racionalidad o desarrollo material. Este esquema, presente en diversas corrientes modernas, desde el positivismo hasta el marxismo, establece una jerarquía implícita entre culturas.

En el caso del marxismo, esta progresión se articula en modos de producción: esclavismo, feudalismo, capitalismo. Cada etapa es considerada históricamente necesaria y, en cierto sentido, superior a la anterior. De manera análoga, algunos discursos contemporáneos sobre la hispanidad tienden a presentar el mundo hispánico como un estadio más avanzado frente a las culturas indoamericanas, en virtud de su tecnología, su organización política o su capacidad de expansión.

Si bien estos argumentos ya fueron esgrimidos por autores positivistas en el Siglo XIX, quienes los han reformulado en la actualidad son personas del entorno de Gustavo Bueno, Santiago o Armesilla o Roberto Vaquero, que ahora intentan rescatar al marxismo de su “secuestro” por parte de los progres con el fin de relanzar al comunismo “científico”.

No obstante, el problema de este paralelismo no es meramente formal. Implica asumir que el valor de una cultura puede medirse principalmente por su eficacia histórica o su desarrollo técnico. Esto introduce un criterio cuantitativo en un ámbito (el de las civilizaciones) que es esencialmente cualitativo.

El positivismo de los tres estados y la reducción de lo religioso

La referencia al “dogma sociológico de los tres estados” resulta especialmente pertinente. Según Auguste Comte, la humanidad atraviesa tres fases: la teológica, la metafísica y la positiva. En este esquema, la religión es una etapa inicial, superada posteriormente por formas más racionales de conocimiento.

Cuando se adopta, incluso de manera implícita, este marco, lo religioso deja de ser considerado una dimensión verdadera de la realidad y pasa a interpretarse como un fenómeno cultural transitorio. De modo que la evangelización de América termina reducida a un proceso de transformación social o ideológica, perdiendo su carácter propiamente espiritual.

La hispanidad, entendida tradicionalmente como una síntesis entre cultura, fe y misión, queda reinterpretada como un simple vector de modernización. Se pierde así su dimensión trascendente, que no puede ser evaluada en términos de progreso técnico ni de eficacia histórica.

Una civilización no se define únicamente por lo que produce, sino por lo que cree, por lo que valora y por la forma en que entiende la realidad. Reducirla a sus logros materiales implica adoptar una visión empobrecida de lo humano. Si una cultura es considerada superior por su desarrollo técnico, ¿qué impide que otra, en el futuro, la supere bajo los mismos parámetros? El resultado es una relativización constante, donde ninguna civilización posee un valor real, sino sólo una posición temporal en una escala de progreso.

Frente a esta visión, es necesario recuperar una comprensión más amplia de la hispanidad, pues esta no puede reducirse a un conjunto de instituciones, tecnologías o estructuras políticas. Es, ante todo, una realidad histórica compleja que integra elementos culturales, lingüísticos, jurídicos y, de manera central, religiosos.

Además, ni las culturas mesoamericanas ni la expansión hispánica posterior fueron meros procesos de dominación o de desarrollo. Lejos de eso, el México precolombino fue el foco de transmisión de una visión del mundo totalmente propia. La hispanidad, por su parte, fue una empresa de integración cultural que va más allá de lo económico. Ignorar esta dimensión como lo hace Zunzunegui equivale a desfigurar el fenómeno.

El enfoque evolucionista no sólo simplifica el pasado, sino que también condiciona la forma en que se entiende el presente. Al adoptar criterios de progreso lineal, se tiende a interpretar la historia como una serie de “superaciones” donde lo anterior queda automáticamente desvalorizado.

Este tipo de pensamiento puede conducir a una forma de presentismo, en la que las categorías actuales se proyectan sobre el pasado, sin atender a su contexto propio. Asimismo, puede fomentar una visión instrumental de la historia, en la que los hechos se seleccionan y se interpretan en función de su utilidad para debates contemporáneos.

La defensa de la hispanidad es una tarea legítima y necesaria en muchos contextos contemporáneos. Sin embargo, el modo en que se articula esta defensa resulta crucial. Adoptar esquemas evolucionistas o positivistas puede ofrecer una apariencia de “rigor científico” que los hipócritas e histéricos impulsores del hispanismo católico no pueden proporcionar, pero esto es a costa de reducir la riqueza del fenómeno histórico.

En este sentido, la postura racionalista de Juan Manuel Zunzunegui con respecto al milagro guadalupano no es un detalle anecdótico porque la Virgen de Guadalupe, independientemente de la postura personal que se adopte respecto a su carácter sobrenatural, encarna una síntesis profunda entre lo hispano y lo americano. De ahí que su centralidad histórica haya sido negada sistemáticamente por todos los enemigos históricos de nuestra nacionalidad, desde los cortesanos borbonistas del siglo XIX hasta los liberales anglófilos como Miguel Lerdo de Tejada o José María Iglesias, los comisarios rojos de Obregón y Calles a inicios del siglo pasado, y ahora el propio Zunzunegui.

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