En el debate contemporáneo sobre sistemas económicos, pocas afirmaciones resultan tan provocadoras como aquella que sostiene que el capitalismo es “estéticamente superior”. Esta idea, defendida en ocasiones por figuras públicas como Javier Milei, parte de una intuición comprensible: el capitalismo produce una enorme diversidad de formas, estilos, objetos y expresiones visuales. Sin embargo, esta aparente riqueza estética merece ser analizada con mayor profundidad. ¿Pero puede realmente medirse la estética en términos de abundancia, novedad o variedad? ¿O, por el contrario, la estética implica una dimensión más profunda vinculada con la trascendencia, el sentido y la permanencia?
Aquí habría que decir en primer lugar que capitalismo se caracteriza por su capacidad de producción masiva y su constante innovación. En el ámbito estético, esto se traduce en una multiplicidad de estilos, modas y tendencias que cambian con rapidez. Desde la arquitectura contemporánea hasta la moda, pasando por el diseño gráfico y la publicidad, el capitalismo ha “democratizado” el acceso a lo visual y ha ampliado las posibilidades de “expresar”.
Sin embargo, esta diversidad tiene un costo. La estética capitalista está profundamente condicionada por el mercado: lo bello no es necesariamente lo verdadero ni lo significativo, sino lo vendible. Las formas estéticas ahora se diseñan para captar la atención, generar deseo y estimular el consumo.
Además, las modas son contradictorias: su valor reside en su novedad, pero precisamente por ello están destinadas a desaparecer. Lo que hoy es tendencia mañana será obsoleto. Esta lógica de renovación constante impide la consolidación de formas duraderas y dificulta la construcción de una estética con significado profundo.
De la catedral al banco: un cambio de mentalidad
Uno de los aspectos más nefastos de la modernidad y la posmodernidad es la pérdida de la dimensión trascendente del arte. En las sociedades premodernas, el arte no estaba orientado al mercado, sino al sentido. Las grandes obras arquitectónicas (templos, catedrales, murales, pirámides) no eran meros objetos funcionales, sino expresiones simbólicas de una cosmovisión.
Estas construcciones no buscaban agradar al consumidor, sino elevar al espíritu, pues ni siquiera el arte enfocado en la violencia ritual como el del México prehispánico estaba desprovisto de una belleza estética. Incluso en sus aspectos más naturalistas o “primitivos”, las construcciones antiguas eran manifestaciones de lo sagrado, del orden cósmico, de la relación entre el ser humano y lo divino. Su escala, su duración y su complejidad respondían a una lógica distinta: la de la permanencia y la trascendencia.
En contraste, la arquitectura contemporánea está dominada por criterios de eficiencia, rentabilidad y funcionalidad. Los edificios corporativos, los centros comerciales, los complejos financieros, las zonas residenciales e incluso los recintos religiosos actuales responden a necesidades económicas más que simbólicas. Aunque algunas puedan ser estéticamente interesantes, rara vez aspiran a trascender el tiempo o a expresar una visión del mundo más allá del mercado.
La comparación entre las grandes construcciones del pasado y las del presente ilustra este cambio de forma mucho más evidente porque donde antes se erigían catedrales, hoy se levantan rascacielos corporativos. Donde antes el centro de la ciudad era un templo, hoy es un “distrito” financiero.
Se trata de un desplazamiento no solo arquitectónico, sino simbólico, pues indica una transformación en los valores fundamentales. A lo que voy es que en las sociedades tradicionales, el eje era lo sagrado; en las sociedades capitalistas, el eje es el capital.
El banco, como “símbolo” representa acumulación, circulación y control de recursos. La catedral, en cambio, representaba comunidad, fe y trascendencia. La sustitución de uno por otro refleja un cambio profundo en la forma en que entendemos el mundo y nuestro lugar en él.
Sin embargo, otro aspecto central de la crítica es la mercantilización de la estética. En el capitalismo, todo puede convertirse en objeto de mercado, incluida la belleza. El arte, el diseño y la cultura se integran en circuitos comerciales donde su valor se mide en términos de rentabilidad y esto tiene varias consecuencias. En primer lugar, la estética se vuelve accesible, pero también superficial. La producción en masa reduce la singularidad y favorece la repetición. En segundo lugar, el artista deja de ser un mediador entre lo humano y lo trascendente para convertirse en un productor dentro de una industria cultural.
Finalmente, la lógica del mercado introduce una temporalidad acelerada. Las obras no están destinadas a perdurar, sino a circular rápidamente. Esto contrasta con la intención de permanencia que caracterizaba al arte religioso o monumental del pasado.
Por supuesto, tampoco se trata de idealizar el pasado ni de negar los logros del presente, pues si el pasado fue lo que nos llevó a lo actual, eso es porque algo ya estaba mal desde el inicio. En efecto, la estética capitalista ha producido obras valiosas y ha ampliado las posibilidades de expresión. Sin embargo, también ha introducido una lógica que tiende a vaciar de significado a las formas estéticas, subordinándolas a la economía.
Por ende, la idea de que el capitalismo es “estéticamente superior” resulta cuestionable. Si por estética entendemos variedad, accesibilidad y dinamismo, el capitalismo puede parecer superior. Pero si entendemos la estética como una experiencia vinculada al sentido, la trascendencia y la permanencia, entonces la evaluación cambia radicalmente.

