Reality check: al gobierno de EE.UU. no le interesamos los mexicanos

ByJuan C. Lopez Lee

22 febrero, 2026

Los acontecimientos más recientes en nuestro país están siendo explotados políticamente por toda una gama de actores oportunistas y farsantes mediáticos cuyo propósito es fortalecer la narrativa del gobierno en turno.

Concretamente, estamos hablando del mal llamado Consejo de la Nueva Derecha Mexicana que no es sino un conciliábulo de liberales promercado de corte sionista y otros influencers falsamente presentados por los medios como disidentes o como de “ultraderecha”, los cuales vienen repitiendo desde hace dos o tres años que Trump es una especie de mesías global que va a salvar a México del narcotráfico y del mal gobierno.

Pare estos grupos, Trump es una especie de policía moral cuyo propósito es proteger vidas, frenar el crimen organizado y detener el flujo de drogas hacia Estados Unidos. Sin embargo, este discurso revela otra cosa: una lógica imperial que reduce a México a un espacio instrumental, un territorio administrado indirectamente para preservar la estabilidad interna del centro hegemónico. No se trata de cooperación internacional ni de responsabilidad compartida, sino de una forma contemporánea de dominación que opera mediante seguridad, miedo y externalización del daño.

Ni Trump ni sus lamezuelas liberales en México hablan desde una ética universal ni desde una solidaridad hemisférica. Hablan desde una racionalidad colonial que divide el mundo entre zonas de valor y zonas de sacrificio. Estados Unidos ocupa el lugar del sujeto político pleno; México es periferia funcional. En esta estructura, las vidas estadounidenses cuentan, las vidas mexicanas se contabilizan solo en la medida en que afectan indicadores internos del imperio: sobredosis, migración, estabilidad económica, percepción electoral.

El verdadero motor de su retórica contra los cárteles no es la violencia que padecen comunidades enteras en México, sino la crisis del fentanilo dentro de Estados Unidos. Decenas de miles de muertes anuales amenazan directamente a su base política y a la cohesión social de su país. Desde esta perspectiva, México aparece únicamente como corredor logístico y contenedor del problema. Los cárteles son representados como agentes externos del mal, mientras se invisibiliza deliberadamente el papel estructural de la demanda estadounidense y del flujo masivo de armas desde el norte hacia el sur. Esta omisión no es accidental: forma parte del mecanismo colonial de desplazamiento de responsabilidad.

El globocolonialismo no necesita colonias formales. Opera mediante narrativas de seguridad, mediante economías extractivas, mediante control indirecto y producción simbólica del otro como amenaza. Trump entiende que el miedo es un capital político poderoso. Al construir a los cárteles como una fuerza invasora, reactiva imaginarios raciales, legitima la militarización fronteriza y consolida una identidad nacional basada en la exclusión. México es representado como caos; Estados Unidos como orden. Esta dicotomía es clásica en la lógica colonial: el centro civilizado frente a la periferia violenta.

En este esquema, México no es un socio. Es un espacio sacrificable. Su función es absorber violencia, contener migrantes y servir como amortiguador geopolítico. Cuando Trump amenaza con declarar terroristas a los cárteles o sugiere intervenciones armadas, no está pensando en la soberanía mexicana ni en las consecuencias humanitarias. Está reforzando su imagen de autoridad ante su electorado y ejerciendo presión sobre un país estructuralmente subordinado. La soberanía del sur se vuelve negociable; la estabilidad del norte es innegociable.

Aquí se manifiesta con claridad la lógica globocolonialista: el problema debe resolverse lejos del centro, aunque eso implique intensificar el sufrimiento en la periferia. Si disminuyen las sobredosis en territorio estadounidense mientras aumenta la violencia en México, el balance es considerado positivo. Esta aritmética moral es característica del orden imperial contemporáneo.

Trump jamás propone una transformación estructural del fenómeno. No habla de reconstrucción institucional en México, ni de programas sociales binacionales, ni de frenar seriamente el tráfico de armas desde su propio país, ni de inversiones profundas en desarrollo regional. Su enfoque es coercitivo: amenaza, sanción, militarización, presión económica. No busca sanar el sistema; busca desplazar el daño. El globocolonialismo opera precisamente así: administra crisis sin resolver sus causas, manteniendo intactas las jerarquías globales.

Esta postura no es una anomalía personal. Trump simplemente expresa sin filtros lo que otros presidentes han formulado con lenguaje diplomático. Es la continuidad histórica del intervencionismo estadounidense, ahora despojado de retórica humanitaria. Donde antes se hablaba de democracia o cooperación, ahora se habla abiertamente de fuerza. El mensaje es el mismo: Estados Unidos primero. Los demás después.

El sufrimiento mexicano se convierte en material simbólico. Imágenes de fosas, ejecuciones y balaceras circulan como evidencia de lo que ocurre cuando no hay “orden”. No generan empatía; generan legitimación de políticas punitivas. México funciona como advertencia, como espejo oscuro en el que el público estadounidense contempla lo que podría pasar si no se endurecen las fronteras. Es la instrumentalización colonial del dolor ajeno.

También hay una dimensión económica. Estados Unidos depende profundamente de las cadenas productivas que atraviesan México. Un colapso total no le conviene. Lo que Trump necesita es un México suficientemente estable para producir, exportar y contener flujos humanos, pero lo bastante débil para aceptar presión constante. No busca un México fuerte, soberano y autónomo. Busca un México funcional al orden globocolonial.

Desde esta perspectiva, queda claro que Trump no intenta frenar a los cárteles por altruismo ni por preocupación genuina por la población mexicana. Su interés es preservar vidas estadounidenses, consolidar poder político interno, fortalecer su imagen de líder duro y mantener a México como zona tampón de su imperialismo. México no aparece como sujeto moral, sino como variable estratégica.

Trump no actúa como vecino. Actúa como globocolonialismo.

Y dentro de la lógica del globocolonialismo, los explotadores no ven personas: ven territorios, flujos, riesgos y utilidades. La población mexicana, en ese cálculo, simplemente no importa.