Feminismo y crimen organizado: un tema incómodo

ByJuan C. Lopez Lee

8 marzo, 2026

Durante muchos años el imaginario popular presentó al crimen organizado en México como un mundo casi exclusivamente masculino. El narcotraficante era representado como un hombre armado, rodeado de sicarios, corridos y camionetas de lujo. Sin embargo, en las últimas dos décadas esa imagen ha comenzado a cambiar. Cada vez aparecen más mujeres involucradas en estructuras criminales, no solo como acompañantes o parejas de los capos, sino como participantes directas en diversas actividades delictivas.

Este fenómeno ha generado sorpresa en la opinión pública, pero en realidad refleja transformaciones más profundas en la sociedad mexicana. El crimen organizado, como cualquier estructura económica ilegal, se adapta rápidamente a los cambios culturales y sociales del entorno. Y hoy ese entorno está marcado por una combinación peligrosa: precariedad económica, aspiraciones de riqueza inmediata y una cultura que mide el valor personal a partir del dinero y la apariencia.

El cambio en el papel de las mujeres dentro del crimen organizado

Durante mucho tiempo las mujeres aparecían en el mundo del narcotráfico principalmente como familiares o parejas de integrantes de los grupos criminales. Sin embargo, los informes policiales y periodísticos recientes muestran que su participación ha cambiado.

Hoy pueden encontrarse mujeres que actúan como:

– enlaces logísticos
– transportistas de droga
– reclutadoras
– administradoras de dinero
– participantes directas en grupos armados.

Las organizaciones criminales han descubierto que muchas veces las mujeres generan menos sospecha ante las autoridades, son consideradas como “siempre inmunes” a la corrupción o pueden moverse con mayor facilidad en ciertos entornos sociales.

Ciertamente, sería un error interpretar este fenómeno únicamente como un problema moral o individual, ya que en muchos casos las mujeres que terminan involucradas en el crimen organizado provienen de contextos marcados por:

– pobreza
– violencia familiar
– falta de oportunidades educativas
– entornos dominados por economías criminales.

En efecto, cuando una comunidad entera se encuentra atravesada por actividades ilegales, la frontera entre economía formal e informal se vuelve cada vez más difusa.

Frente a la falta de oportunidades laborales, salarios bajos o empleos precarios, es natural que importantes segmentos de nuestra población busquen algo que el sistema formal muchas veces no puede garantizar: dinero rápido. Por ende, no debería sorprender que en lugares como Jalisco, Zacatecas o Guanajuato, el narcotráfico haya desplazado a la migración a Estados Unidos como la vía preferencial hacia el ascenso social rápido.

En el caso concreto del narco, este atractivo no distingue entre hombres y mujeres. El deseo de movilidad económica, de abandonar la pobreza o de acceder a bienes de consumo se ha convertido en una motivación poderosa.

El problema es que este deseo suele ir acompañado de una cultura que glorifica la riqueza visible: ropa de marca, autos de lujo, cirugías estéticas, viajes y exhibición en redes sociales.

En ese contexto, el crimen organizado se presenta como un camino posible para alcanzar ese estilo de vida.

El culto al cuerpo y a la apariencia

Frecuentemente las críticas al feminismo, casi siempre hechas por liberales mojigatos que están a favor del capitalismo o de la agenda expansionista estadounidense, caricaturizan la estética feminista como algo “feo”, de mal gusto o desagradable.

No obstante, esto no siempre es así. Lejos de eso, un elemento cultural que ha ganado mucha fuerza en los últimos años, independientemente de la “moral” de los individuos, es la idea de que el valor personal depende en gran medida de la apariencia física.

A lo que voy, es que en redes sociales, programas de entretenimiento, la publicidad y el discurso de los influencers (incluso entre aquellos que se asumen como cristianos conservadores o derechistas), se promueve constantemente una imagen de éxito asociada a:

– cuerpos perfectos
– cirugías estéticas
– ropa costosa
– estilos de vida ostentosos.

Desde niñas, muchas jóvenes crecen viendo ese modelo como símbolo de triunfo social. Sin embargo, alcanzar ese ideal requiere recursos económicos que gran parte de la población no posee.

El resultado es una presión cultural intensa que puede empujar a algunas personas a buscar caminos rápidos para obtener dinero.

Además, la idea de que cualquier persona puede hacerse rica si “se atreve” o “toma riesgos” se ha vuelto extremadamente popular en redes sociales. Sin embargo, esta narrativa muchas veces ignora las condiciones estructurales de desigualdad que existen en la sociedad.

Cuando la realidad económica no coincide con esas promesas de éxito inmediato, algunas personas buscan alternativas fuera de la economía legal.

El crimen organizado se aprovecha de esa mentalidad. En ciertos casos incluso se presenta a sí mismo como una forma de negocio o “empresa” y en determinados contextos, como una red de financiamiento donde las relaciones sexoafectivas se normalizan como parte de una transacción o como un “rito de paso” para muchas jóvenes que buscan salir de la pobreza.

En este sentido, los reclamos feminista de autonomía individual, soberanía sobre el cuerpo, libertad de decidir, etc. han empezado a chocar con la realidad donde el sexo se pregona en público pero se disfruta cada vez menos en privado. A lo que voy, es que en las sociedades posmodernas cada vez son más los hombres y las mujeres que expresan dificultades para disfrutar de relaciones sexuales satisfactorias y plenas.

Por ende, millares de personas ahora tratan de compensar su frustración sexual con la imagen pública de “sugar daddies” y “sugar babies” donde un intercambio sexoafectivo que en otra época podría haberse catalogado como una forma velada de prostitución, es reemplazado por interacciones públicas en redes, donde un delincuente financia la belleza de una influencer a cambio de reconocimiento.

A lo que voy es que, ante el fracaso de una narrativa que enaltece el placer sin responsabilidad, lo que tenemos ahora es una reconfiguración del concepto cultural de belleza o sensualidad, que aparece ya no como un aspecto propio de la autoestima personal sino como un “recurso” que puede cuantificarse en términos monetarios.

Desde hace varios años, la cultura popular también ha contribuido a normalizar el fenómeno. Series de televisión, música y redes sociales han convertido al narcotraficante en una figura casi mítica asociada al poder, el dinero y el prestigio.

Aunque estas representaciones no siempre glorifican directamente la violencia, sí contribuyen a crear una imagen atractiva de ese mundo.

En ese ambiente, algunas mujeres pueden ver el ingreso al narco no como un acto criminal, sino como una forma de movilidad social.

Un problema que refleja una crisis más profunda

La creciente presencia de mujeres en el crimen organizado no debe entenderse como un fenómeno aislado. Es más bien el síntoma de una crisis social más amplia.

Cuando una sociedad comienza a valorar a las personas únicamente por su capacidad de consumo, cuando el dinero se convierte en el principal indicador de éxito y cuando las oportunidades legítimas de progreso se reducen, el terreno queda abierto para que las economías ilegales se expandan.

El narcotráfico no solo aprovecha la debilidad institucional del Estado. También se alimenta de las frustraciones, aspiraciones y contradicciones culturales de la sociedad.

Por tanto, la respuesta no puede limitarse a estrategias policiales. La seguridad pública es necesaria, pero no suficiente.

También es necesario reconstruir valores sociales que durante mucho tiempo han sido fundamentales en las comunidades mexicanas:

– la solidaridad
– el trabajo colectivo
– la dignidad del trabajo honesto
– el respeto por la vida comunitaria.

Mientras la sociedad siga midiendo el éxito únicamente por la riqueza visible, el narcotráfico continuará presentándose como una alternativa atractiva para quienes sienten que el sistema económico formal no tiene lugar para ellos.

La verdadera solución pasa por construir una sociedad donde la dignidad personal no dependa del dinero rápido ni de la apariencia, sino de la contribución real al bienestar de la comunidad.