La CFE, una empresa del subdesarrollo

ByJuan C. Lopez Lee

16 marzo, 2026

La Comisión Federal de Electricidad (CFE) ocupa un lugar central en la vida económica y social de México. Como empresa pública encargada de la generación, transmisión y distribución de energía eléctrica, su papel debería ser el de garantizar un servicio confiable, moderno y equitativo para la población. Sin embargo, la experiencia cotidiana de millones de usuarios domésticos sugiere una realidad distinta: la CFE parece operar bajo parámetros propios del subdesarrollo institucional y tecnológico. A pesar de los discursos oficiales que anuncian constantemente procesos de modernización y transformación, los cambios implementados suelen percibirse menos como mejoras reales del servicio y más como mecanismos para incrementar la capacidad de cobro a los usuarios cautivos, particularmente a los hogares.

Uno de los rasgos más visibles de esta situación es la forma en que la modernización tecnológica se ha orientado hacia el control y la facturación antes que hacia la mejora del suministro. En los últimos años se han instalado nuevos medidores digitales y sistemas de medición más sofisticados, presentados públicamente como avances hacia una red eléctrica más eficiente. Sin embargo, para muchos usuarios domésticos estos dispositivos se perciben principalmente como herramientas para detectar consumos mínimos, aplicar cargos adicionales o reducir los márgenes de tolerancia que antes existían en la medición del servicio. La modernización, en lugar de traducirse en mayor estabilidad del suministro o en una infraestructura más robusta, parece concentrarse en perfeccionar los mecanismos de recaudación.

Esta percepción se agrava porque el usuario doméstico se encuentra en una posición esencialmente cautiva. A diferencia de los grandes consumidores industriales o comerciales, que en algunos casos tienen acceso a esquemas de autoabastecimiento o a condiciones tarifarias especiales, los hogares dependen exclusivamente del servicio proporcionado por la empresa estatal. La relación entre proveedor y consumidor, por lo tanto, se caracteriza por una marcada asimetría. Mientras la empresa puede modificar sistemas de medición, tarifas o condiciones contractuales con relativa facilidad, el usuario común carece de alternativas reales para elegir otro proveedor o para negociar condiciones distintas.

A esta situación se suma la persistencia de privilegios estructurales para ciertos sectores económicos. Grandes empresas, parques industriales o desarrollos inmobiliarios de alto nivel suelen contar con infraestructura eléctrica más moderna, sistemas de respaldo y, en algunos casos, acuerdos tarifarios que reducen significativamente el costo de la electricidad en comparación con lo que pagan los usuarios residenciales. La percepción de desigualdad se vuelve particularmente evidente cuando los hogares enfrentan aumentos en la facturación o cortes en el suministro, mientras los grandes consumidores parecen operar bajo condiciones mucho más favorables. Esta disparidad alimenta la idea de que la carga financiera del sistema eléctrico recae de manera desproporcionada sobre la población doméstica.

Otro aspecto que revela las limitaciones estructurales de la infraestructura eléctrica es la frecuencia de los apagones y las interrupciones del servicio. En muchas ciudades y comunidades del país, basta una lluvia intensa o un episodio de viento moderado para provocar fallas en el suministro eléctrico. Estas interrupciones no sólo afectan la comodidad de los hogares, sino también la actividad económica, el funcionamiento de pequeños negocios y la seguridad pública. La repetición de estos eventos sugiere una red eléctrica vulnerable, con un mantenimiento insuficiente y con una capacidad limitada para resistir fenómenos meteorológicos relativamente comunes.

La fragilidad de la infraestructura se hace evidente también en el estado del cableado urbano. En numerosas zonas del país, los cables eléctricos cuelgan de postes saturados, entrelazados con líneas telefónicas, de televisión por cable y otros servicios. Este paisaje urbano contrasta con el de países que han realizado inversiones sostenidas para modernizar su infraestructura eléctrica, incluyendo la instalación de cableado subterráneo en zonas urbanas densamente pobladas. En lugares como Chile, por ejemplo, la progresiva sustitución del cableado aéreo por sistemas subterráneos ha reducido la vulnerabilidad de las redes ante tormentas, mejorado la estética urbana y aumentado la confiabilidad del servicio. En México, en cambio, el predominio del cableado aéreo sigue siendo la norma, incluso en ciudades importantes.

El contraste con otras experiencias internacionales plantea preguntas sobre las prioridades de inversión de la empresa eléctrica mexicana. Mientras se anuncian proyectos tecnológicos o programas de modernización administrativa, las mejoras visibles para el usuario doméstico parecen avanzar con mayor lentitud. El mantenimiento de la red existente, la sustitución de infraestructura obsoleta o la ampliación de la capacidad de transmisión en zonas urbanas en expansión no siempre reciben la atención pública ni los recursos financieros que requerirían para producir cambios tangibles en la calidad del servicio.

Las dificultades financieras de la empresa también forman parte de este panorama. La CFE ha enfrentado en distintos momentos presiones presupuestarias, altos niveles de endeudamiento y desafíos asociados a la transición energética global. Estas tensiones financieras pueden limitar la capacidad de inversión en infraestructura y mantenimiento, lo que a su vez afecta la calidad del servicio ofrecido a los usuarios. Cuando los recursos son escasos, las decisiones sobre dónde invertir adquieren un carácter estratégico, y no siempre queda claro que el bienestar del usuario doméstico ocupe el lugar central en esas prioridades.

Además, el modelo de empresa estatal sometida simultáneamente a objetivos políticos, sociales y financieros puede generar incentivos contradictorios. Por un lado, se espera que la empresa mantenga tarifas relativamente accesibles para amplios sectores de la población; por otro, se le exige que mantenga equilibrio financiero y que reduzca su dependencia de subsidios públicos. Esta tensión puede traducirse en políticas que buscan aumentar la eficiencia recaudatoria, mejorar los sistemas de cobro y reducir pérdidas técnicas o comerciales, pero que no necesariamente se reflejan en mejoras equivalentes en la infraestructura o en la calidad del servicio.

El resultado es una situación en la que la modernización se percibe de manera desigual. Desde el punto de vista administrativo y tecnológico, la empresa puede avanzar en la digitalización de procesos, en la instalación de medidores inteligentes o en la automatización de sistemas de facturación. Sin embargo, desde la perspectiva del usuario doméstico, los problemas cotidianos —apagones frecuentes, redes vulnerables, infraestructura envejecida— continúan presentes. Esta brecha entre el discurso de modernización y la experiencia diaria del servicio alimenta la sensación de que los cambios implementados no responden plenamente a las necesidades de la población.

La crítica a la CFE no implica necesariamente cuestionar la importancia de una empresa pública en el sector eléctrico. En muchos países, las empresas estatales de energía desempeñan un papel fundamental en la planificación de largo plazo, en la electrificación de regiones menos rentables y en la garantía de acceso universal al servicio. Sin embargo, para que ese modelo funcione de manera efectiva es indispensable que la empresa combine su misión social con altos estándares de eficiencia, transparencia y responsabilidad ante los usuarios.

En el caso mexicano, el desafío consiste en transformar la modernización anunciada en mejoras tangibles para la población. Esto implica invertir de manera sostenida en la renovación de la infraestructura, fortalecer los programas de mantenimiento preventivo, reducir la vulnerabilidad de la red ante fenómenos climáticos y equilibrar la distribución de costos y beneficios entre los distintos tipos de consumidores. También requiere repensar el papel del usuario doméstico dentro del sistema eléctrico, no sólo como fuente de ingresos relativamente segura, sino como destinatario principal de un servicio público esencial.

Mientras estas transformaciones no se materialicen de manera visible, persistirá la percepción de que la empresa opera bajo lógicas propias del subdesarrollo institucional: modernizaciones orientadas al cobro antes que al servicio, infraestructura vulnerable y desigualdades en el trato a distintos tipos de consumidores. Superar esta percepción exige no sólo discursos de reforma, sino cambios estructurales que se reflejen en la experiencia cotidiana de los millones de hogares que dependen diariamente del suministro eléctrico.