Un sistema bancario mexicano sin intereses

ByJuan C. Lopez Lee

15 junio, 2025

Durante décadas, el sistema financiero mexicano ha funcionado con una regla muy simple: si una persona o una empresa necesita dinero, lo pide prestado y paga intereses por ese préstamo. Claro está, hubo un tiempo en que los bancos otorgaban cierto rol al criterio humano, permitiendo que analistas crediticios otorgaran préstamos según la confiabilidad del cliente, derivando esto en escándalos como el FOBAPROA donde los propios banqueros se prestaron dinero a sí mismos para desfalcar al sistema bancario. Hoy, la crudeza de la computadora prácticamente hace imposible que la “confianza” juegue algún papel en la mayoría de los créditos otorgados por las instituciones financieras.

No obstante, este mecanismo, tan común que a veces parece natural e inevitable, no es la única manera de organizar el crédito. Existen otras formas de financiar proyectos y promover la economía sin necesidad de cobrar intereses. En un país como México, donde muchas personas viven endeudadas, las pequeñas empresas batallan para obtener créditos y donde los bancos suelen ganar más por prestar que por apoyar la producción, vale la pena imaginar cómo funcionaría un sistema bancario diferente.

Un modelo bancario sin intereses no significa que los bancos trabajarían gratis, ni que no tendrían ganancias. Lo que cambia es la forma en que obtienen esas ganancias. En lugar de cobrar un porcentaje fijo —los intereses— por prestar dinero, las instituciones financieras ganarían dinero mediante otros mecanismos, como una participación en las utilidades de los proyectos que financian, comisiones moderadas por servicios reales, o acuerdos donde tanto el banco como el emprendedor comparten riesgos y beneficios. En este modelo, la institución deja de ser simplemente un cobrador y se convierte en un socio que acompaña el desarrollo del proyecto.

Para México, este tipo de sistema podría convertirse en una herramienta poderosa. Hoy en día, la mayor parte del crédito va a las grandes empresas y a sectores donde el riesgo es bajo, pero la productividad no necesariamente es alta. Las micro y pequeñas empresas, que generan la mayoría de los empleos en el país, enfrentan grandes dificultades para obtener financiamiento. Cuando lo consiguen, las tasas de interés son tan altas que una parte considerable de sus ingresos se va en pagar al banco, lo cual frena su crecimiento. Este problema también afecta a muchos ciudadanos comunes: miles de familias mexicanas viven atrapadas en deudas con tarjetas de crédito, préstamos personales y financiamientos que parecen interminables debido al interés acumulado.

Con un sistema sin intereses, la dinámica cambiaría. Los pagos ya no se basarían en una cuota financiera obligatoria, sino en un acuerdo más justo donde el emprendedor paga si su proyecto funciona, y el banco gana únicamente cuando el proyecto genera beneficios. Esto protege al productor, al consumidor y fomenta una relación más equilibrada entre bancos y clientes.

Además, en el sistema financiero actual existe un problema profundo: gran parte de la riqueza que generan las empresas se desplaza hacia el sector financiero. Cuando las compañías pagan intereses altos, tienen menos dinero para invertir en maquinaria, tecnología, salarios o expansión. Es como si una parte del esfuerzo de la economía real se filtrara constantemente hacia el sistema bancario. Con un modelo sin intereses, esta transferencia se reduce y más recursos se quedan en quienes realmente producen bienes y servicios.

Para que un sistema bancario sin intereses funcione en México, se necesitaría una estructura clara y bien regulada. Los acuerdos entre bancos y clientes tendrían que ser transparentes, asegurando que las comisiones no se conviertan en “intereses disfrazados” y que la participación en utilidades sea justa. También se requerirían especialistas capaces de evaluar proyectos desde un punto de vista productivo: no solo si el solicitante tiene dinero o propiedades, sino si su idea es viable, útil para la comunidad y capaz de generar beneficio.

Un modelo así generaría un cambio importante en el enfoque de la banca. Hoy, los bancos pueden obtener ganancias prestando dinero para actividades especulativas, para la compra de bienes que a veces ni se utilizan o para operaciones que generan poco valor real. Como la ganancia del banco proviene del interés, no importa si el proyecto es productivo o no. En un sistema sin intereses, el banco estaría interesado en que los proyectos realmente funcionen: su propia ganancia depende de ello. Esto ayudaría a reducir los créditos que no generan desarrollo y a fortalecer actividades que producen bienes, empleos y crecimiento.

Otro punto importante es que un sistema bancario sin intereses podría fortalecer a las regiones del país que han quedado rezagadas. En muchos estados del sur y en zonas rurales, los bancos simplemente no prestan o lo hacen en condiciones muy duras. Instituciones sin intereses —como cooperativas, fondos locales o bancos comunitarios— podrían financiar proyectos agrícolas, artesanales, turísticos o de servicios de manera más justa y accesible. Este tipo de financiamiento podría ayudar a que más mexicanos puedan quedarse en sus lugares de origen, a que sus proyectos sean rentables y a que se reduzcan desigualdades históricas entre el norte y el sur del país.

Es importante aclarar que un sistema así no reemplazaría por completo al actual. La idea más razonable es que convivan ambos modelos. La banca tradicional seguiría funcionando como hasta ahora, pero paralelamente podría introducirse un sistema sin intereses dentro de la banca de desarrollo (como Nacional Financiera o Financiera Rural) o mediante nuevas instituciones pensadas específicamente para este propósito. Con el tiempo, sería posible observar resultados, corregir errores y ajustar el modelo para que funcione mejor. Esta introducción gradual permitiría evaluar si el sistema realmente beneficia a la economía nacional sin poner en riesgo la estabilidad financiera.

Este tipo de reformas no solo tienen implicaciones económicas, sino también sociales. Un crédito accesible, justo y libre de intereses puede cambiar la vida de una persona. Puede permitirle iniciar un negocio, ampliar su taller, comprar equipo o superar una mala racha. También puede transformar pueblos y comunidades completas al impulsar proyectos colectivos o cooperativas. Cuando el crédito deja de ser una trampa y se convierte en una herramienta, el desarrollo deja de ser un privilegio y se convierte en una posibilidad para más ciudadanos.

Finalmente, adoptar un sistema así podría ofrecer a México mayor independencia económica. Hoy, buena parte de la economía mexicana está expuesta a movimientos financieros globales, cambios en tasas de interés extranjeras y presiones especulativas internacionales. Un sistema de financiamiento basado en la producción interna y no en la especulación podría hacer al país más resistente a crisis externas. Además, reducir la dependencia del crédito internacional permitiría que México retenga más control sobre su propio desarrollo económico.

En conclusión, pensar en un sistema bancario mexicano sin intereses no es una propuesta radical ni fantasiosa. Es una alternativa que busca corregir problemas reales: desigualdad en el acceso al crédito, sobreendeudamiento, especulación excesiva y poca vinculación entre banca y producción. Con reglas claras, una implementación gradual y un enfoque en el bienestar económico de la población, este modelo podría convertirse en una opción viable para impulsar el crecimiento, fortalecer a las pequeñas empresas, equilibrar la economía y mejorar la calidad de vida de millones de mexicanos. No se trata de eliminar la banca tradicional, sino de enriquecer el sistema financiero con una herramienta adicional, más humana y más orientada al desarrollo real del país.