La Agenda 2030, promovida por las Naciones Unidas, se presenta como un conjunto de objetivos globales para erradicar la pobreza, proteger el planeta y asegurar la prosperidad para todos. A primera vista, puede parecer un proyecto noble y ambicioso, pero bajo su fachada de progreso y bienestar, oculta las estructuras del capitalismo neoliberal que perpetúan las desigualdades globales y que siguen beneficiando a las élites económicas y políticas. Desde una perspectiva de izquierda y anticapitalista, es fundamental cuestionar los fundamentos de esta agenda, ya que no solo no cuestiona el orden económico y político que genera la pobreza, sino que lo refuerza.
El Empoderamiento Individual: Una Cortina de Humo del Sistema Capitalista
Uno de los pilares fundamentales de la Agenda 2030 es el empoderamiento individual, que promueve la autonomía de las personas, especialmente de las mujeres, para participar activamente en la economía y la sociedad. Sin embargo, bajo el prisma anticapitalista, el empoderamiento individual no es más que una fachada vacía que despoja al individuo de su capacidad de lucha colectiva. En lugar de abordar las estructuras económicas, políticas y sociales que perpetúan la desigualdad, la agenda promueve la idea de que el individuo puede ascender por su cuenta en un sistema profundamente desigual.
Este empoderamiento no se traduce en una verdadera autonomía ni en una redistribución de los recursos; más bien, alimenta la ilusión de que el individuo puede prosperar si sigue las reglas de un sistema que está diseñado para beneficiar solo a unos pocos. El capitalista busca vendernos la idea de que todos podemos ser exitosos si trabajamos lo suficiente, pero esto es una falacia. En un mundo donde el sistema de clases está estructurado para que una pequeña élite controle los recursos y el poder, las promesas de autonomía y libertad personal no son más que un engaño. En lugar de promover un cambio estructural, el empoderamiento individual dentro de un sistema capitalista es solo una forma de mantener intactas las jerarquías de poder y explotación.
Un claro ejemplo de esta falacia es la idea del emprendimiento. El capitalismo ha logrado transformar el emprendimiento en un mito que pone el peso de la prosperidad en los hombros de los individuos, invitándolos a lanzarse a crear negocios como un camino hacia el éxito personal. Se nos vende la idea de que el emprendimiento es sinónimo de independencia, cuando en realidad, muchos de los que se aventuran en este camino se ven atrapados en un ciclo de explotación disfrazado de autonomía. La realidad es que el sistema económico capitalista genera condiciones estructurales que hacen casi imposible que los pequeños emprendedores puedan prosperar sin ser absorbidos por las grandes corporaciones o sin tener que explotar el trabajo de otros.
El emprendimiento tal como se promueve hoy en día es una forma encubierta de explotación. Las pequeñas empresas, lejos de ser el motor de la independencia económica que nos prometen, a menudo se ven forzadas a operar en condiciones de precariedad: trabajos mal remunerados, largas jornadas laborales sin beneficios, y el estrés constante de la supervivencia en un mercado altamente competitivo. Incluso en su versión más “liberadora”, el emprendimiento no es más que una estrategia de individualización que desvincula a las personas de las luchas colectivas y las obliga a enfrentar la competencia feroz de un sistema que favorece la concentración del poder económico. La carga recae sobre los hombros del emprendedor, que se convierte en un trabajador autónomo pero igualmente vulnerable a los vaivenes de un mercado explotador.
El capitalismo, a través de la figura del emprendedor, no está ofreciendo una verdadera autonomía económica ni una vía para que las personas puedan liberarse del ciclo de pobreza. Está, en cambio, invitando a las masas a competir en un juego que está rigido en su estructura para que los más poderosos siempre ganen, mientras que los que luchan por crear algo propio quedan atrapados en la rueda de la explotación. De esta manera, el sistema promueve la individualización de la lucha mientras garantiza que las condiciones materiales para el verdadero empoderamiento colectivo sigan fuera del alcance de las grandes mayorías.
Este enfoque de la Agenda 2030, que fomenta el emprendimiento como una vía de empoderamiento, no es más que un disfraz de la realidad: la verdadera autonomía solo puede alcanzarse cuando el poder económico y político se redistribuye, y cuando el acceso a los recursos, al trabajo digno y a la seguridad social no dependa del azar o de la habilidad de unos pocos para adaptarse al sistema. La promesa de autonomía individual en un sistema capitalista es, por tanto, una ilusión que despoja al pueblo de su capacidad de transformación colectiva y lo encierra en un ciclo de lucha individual que perpetúa la explotación bajo nuevas formas.
Las Reivindicaciones Feministas: ¿Empoderamiento o Cooptación?
En el contexto de la Agenda 2030, las reivindicaciones feministas han sido un componente clave. Sin embargo, debemos reconocer que estas reivindicaciones, tal como se presentan en esta agenda, se encuentran cooptadas porque si bien el feminismo alega combatir la opresión de género, la inclusión de las políticas feministas en la Agenda 2030 está lejos de cuestionar las raíces precariado femenino. En lugar de desafiar las estructuras que permiten la explotación de las mujeres, como el trabajo doméstico no remunerado, la brecha salarial (la real, no la ficticia) o la violencia estructural, se fomenta una visión liberal que busca integrar a las mujeres dentro del mismo sistema capitalista que las explota.
La agenda feminista de la ONU dentro de los Objetivos de Desarrollo Sostenible no aborda la redistribución de la riqueza ni la necesidad de transformar las relaciones económicas y laborales en profundidad. No se trata de cambiar las reglas del juego, sino de ofrecer a las mujeres la oportunidad de participar en un sistema que las explota igualmente, bajo el disfraz de “igualdad de oportunidades”. Si queremos una verdadera transformación feminista, debemos ir más allá de la inclusión de las mujeres en los mercados neoliberales y luchar por un sistema económico que erradique la explotación de género, social y laboral.
En las últimas décadas, el capitalismo tardío ha logrado transformar la sexualidad en un producto rentable, despojándola de su dimensión comunitaria, afectiva y reproductiva. Bajo discursos aparentemente emancipadores —como el “derecho a decidir” o el “derecho al placer”— se ha consolidado una industria cultural que convierte el cuerpo humano en un campo de consumo permanente. La llamada “liberación sexual”, lejos de romper con estructuras de dominación, ha sido absorbida por el mercado para producir nuevos nichos de explotación: desde la industria pornográfica y la prostitución globalizada, hasta la comercialización de métodos y procedimientos médicos presentados como expresión de autonomía. En nombre de la libertad, se promueve un individualismo radical que beneficia directamente a las corporaciones que mercantilizan la intimidad.
La promiscuidad sexual —vendida mediáticamente como empoderamiento o como progreso cultural— opera como una forma de alienación perfectamente compatible con la lógica neoliberal. Al priorizar el placer inmediato y la satisfacción individual, se desalienta cualquier noción de responsabilidad social, vínculo estable o proyecto comunitario. Esta fragmentación emocional no es accidental: un individuo solitario, desarraigado y sin compromisos sólidos es un consumidor ideal, siempre en búsqueda de llenar vacíos que el mismo sistema genera. El capitalismo convierte así la precariedad afectiva en combustible para el mercado, y la precariedad económica en dependencia emocional de los discursos que prometen “liberación” pero producen ruptura y vacío.
El llamado “derecho a decidir”, que no es sino un eufemismo desligado de la colectividad y reducido a un acto estrictamente individual, termina funcionando como una ideología que encubre las condiciones materiales que moldean realmente las decisiones reproductivas. En lugar de cuestionar la precarización laboral, la falta de vivienda, la inestabilidad económica o la ausencia de redes de apoyo, se culpa a la maternidad misma, presentándola como un obstáculo para la autonomía. Esta narrativa beneficia al capital: sociedades sin hijos, sin familias fuertes y sin vínculos intergeneracionales son más manejables, más dependientes del Estado y del mercado, y más vulnerables a la manipulación a través del miedo al futuro.
A su vez, la exaltación del “derecho al placer” como principio político absoluto es una herramienta para reforzar el consumismo. La lógica del “yo primero”, del deseo sin límites y del rechazo a cualquier estructura de compromiso, se traduce en un estilo de vida que dispersa la energía social, debilita las comunidades y rompe el tejido emocional que sostiene a los pueblos. En un contexto de hiperindividualismo neoliberal, la sexualidad se transforma en un espacio donde se reproduce la misma lógica extractiva que en el resto del sistema económico: se toma lo que se desea, se desecha lo que ya no sirve y se evita cualquier responsabilidad duradera. Esta ética de consumo del cuerpo humano es profundamente funcional al capital.
Por ello, la promiscuidad convertida en moda cultural funciona como el nuevo opio de los pueblos: adormece la capacidad de organización, neutraliza la solidaridad, destruye la estabilidad emocional y anestesia el sentido de proyecto colectivo. El capitalismo no solo explota la fuerza de trabajo; explota también el deseo, el afecto y la intimidad. Mientras más dispersa esté la sociedad en relaciones efímeras y placeres líquidos, menos capacidad tendrá para articular resistencia política, para proteger la vida común o para construir alternativas frente al sistema. Si la emancipación auténtica consiste en recuperar la capacidad de decidir como comunidad —no solo como individuos aislados— entonces la lucha anticapitalista debe comenzar también en la defensa de vínculos sólidos, de responsabilidades compartidas y de una concepción de la sexualidad que no sea manipulable por el mercado ni convertible en mercancía.
Sostenibilidad o Explotación Verde: El Capitalismo “Sostenible”
Otro aspecto de la Agenda 2030 es su énfasis en el desarrollo sostenible y la protección ambiental. Desde una óptica nacionalista, es fundamental reconocer que no puede haber sostenibilidad verdadera dentro del sistema capitalista. La agenda pretende resolver los problemas ambientales sin cuestionar las estructuras económicas que los originan. El capitalismo, al basarse en la acumulación infinita de capital, es inherentemente insostenible. A pesar de las promesas de un futuro “verde”, los intereses de las grandes corporaciones, responsables de la mayor parte de la destrucción ambiental, no se verán comprometidos por los objetivos de la Agenda 2030.
Lo que se promueve en realidad es un “capitalismo verde”, que utiliza el concepto de sostenibilidad como una nueva frontera para el negocio. Las soluciones propuestas a menudo están basadas en la mercantilización del medio ambiente, como los mercados de carbono o las energías renovables que continúan bajo el control de grandes empresas multinacionales, mientras que las comunidades indígenas y los pueblos trabajadores siguen siendo despojados de sus recursos naturales y de su derecho a decidir sobre su tierra.
Finalmente, la Agenda 2030 es una agenda que no cuestiona la globalización capitalista. Los países del “Sur Global” siguen siendo explotados por las grandes potencias imperialistas y las corporaciones multinacionales. La agenda no desafía las relaciones económicas globales que perpetúan la pobreza y la desigualdad, sino que las refuerza. Mientras se promueve el “desarrollo”, el capital sigue desplazando a millones de personas de sus tierras y recursos, mientras las grandes corporaciones continúan con su expansión sin límites.
La Agenda 2030 no ofrece soluciones reales a los problemas estructurales del capitalismo global. No combate el saqueo de los recursos naturales ni pone en cuestión el poder que las grandes potencias y multinacionales ejercen sobre los países más pobres. En lugar de erradicar el sistema que perpetúa la pobreza y la desigualdad, esta agenda se limita a paliativos que no abordan las causas profundas del sufrimiento humano.
Como revolucionarios luchando por un nuevo orden, debemos rechazar la Agenda 2030 y luchar por un mundo nuevo y justo, basado en la solidaridad colectiva, la redistribución de la riqueza y la destrucción de las estructuras de explotación que perpetúan la pobreza, la desigualdad y la destrucción ambiental. La verdadera transformación solo puede lograrse a través de una lucha profunda contra el capitalismo y sus mecanismos de control global.

