El drama por las estatuas de Fidel Castro y el Che Guevara 

ByJuan C. Lopez Lee

20 julio, 2025

El mitin que algunos izquierdistas ahora organizaron junto con diplomáticos cubanos para pedir el regreso de las estatuas de estos personajes ha llegado a oídos de la administración Sheinbaum-Brugada, cuyo ethos político liberal y consumista es muy distinto a la aparente “austeridad” de la Revolución Cubana. Y si digo aparente, eso es precisamente porque el castrismo se valió de muchos aspectos propios del mito hispanista (el quijotismo, la búsqueda de lo heroico, es sacrificio de uno mismo en aras de un ideal superior, etc.) para legitimarse, cuando la realidad dista mucho de ser, la que se promovía.

Seis décadas de castrismo son muchas y el juicio no debe atemperarse. Las políticas económicas de la Revolución Cubana fueron desastrosas, Cuba es una tiranía gobernada por personas mentalmente cegadas, incapaces de ver la forma en que su país yace en el más absoluto abandono. Aún así, habría que reconocer ciertos rubros reminiscentes de la tradición dentro del castrismo como son la importancia del mito, la exaltación de la virilidad y un conservadurismo social que hermanó a la Revolución Cubana con el régimen nacional-comunitarista de Gustavo Díaz Ordaz y no con los estudiantes “izquierdo-libertarios” del 68. En dado caso, por más defectos que podamos encontrarle a la Revolución Cubana, por lo menos deberíamos aceptar que a diferencia de las derechas e izquierdas posmodernas, que atomizan a las sociedades humanas mediante el consumismo globalista, el castrismo sigue siendo un reflejo, aunque deformado, de lo que es “nuestro”.

Por el contrario, la alcaldesa Alessandra Rojo de La Vega, por más “anticomunista” que pueda ser, es una feminista afín al cosmopolitismo, que promueve el aborto y la ideología de género. En efecto, a estos demócratas liberales en decadencia les encantan los hippies, aman sociedades sexodiversas modernas y defienden la gentrificación. En el papel, el retiro de las estatuas del Che Guevara y Fidel Castro es un acto de “congruencia” a cargo de una alcaldesa que detesta el “estatismo” y defiende un neoliberalismo progresista al estilo de Hillary Clinton. No obstante, el retiro de las estatuas también va de la mano con el desprecio de las feministas hacia lo masculino. Fidel y el Che, por más defectos que les podamos encontrar, son hombres que pasaron a la historia y que para bien o para mal, nos demuestran una realidad que pocos se atreven a conocer: con pacifismo y humanitarismo jamás han sido liberados los pueblos. Y si no, habría que echarle un ojo a Venezuela, donde la “opoficción” liberal y demócrata se ha convertido en la eterna perdedora.

Alessandra Rojo, a diferencia de los muchos panolis que pululan en la izquierda y la derecha del sistema, representa la represión velada de una violencia que sin embargo es ejercida por la sociedad civil como nueva forma del totalitarismo contra quiénes observan con tristeza la forma en que su patria se transforma, día a día, en un circo de fenómenos. En este sentido, Alessandra Rojo es también una manifestación politizada del posmodernismo freudiano que se asusta con los fusilamientos de Castro pero defiende la supremacía de los “instintos” (pansexualismo absoluto y promiscuidad total).

Aunque a muchos no les guste, tanto Fidel como el Che son parte de una historia iberoamericana que no podemos negar. Después de todo, el Che es el reflejo de los complejos internalizados del típico criollo hispanoamericano que desprecia a su raza y a sus orígenes verdaderos. Castro, por su parte, es el recordatorio del hombre maquiavélico que sometió al mundo con su palabra y con su cabildeo. Ambos forman parte de la tipología de la hispanidad y ambos son, aunque no nos guste, una parte de nosotros.

Por tanto, el hecho de que organizaciones como México republicano y un sinfín de figuras que supuestamente se hacen pasar por patriotas o por católicos en las redes sociales ahora defiendan a Alessandra Rojo es indicador de un pragmatismo materialista, que enfatiza el desastre económico de la Revolución Cubana o la falta de “libertades individuales” como si se tratara de lo único relevante de ésta, dejando de lado cualquier análisis histórico y antropológico. En la práctica, estos liberales promercado no se diferencian demasiado de los izquierdistas trasnochados que veneran al Che Guevara, pese al hecho de que este personaje alguna vez dijo que “los mexicanos son una banda de indios iletrados”.

Y además, quitar y poner estatuas es un síntoma de infantilismo mental. ¿Por qué no hay estatuas del emperador Maximiliano o de Miguel Miramón o de Tomás Mejía? Simple y llanamente, porque la modernidad liberal pretende adoctrinar a la población con las estatuas de uno u otro modo cuando la realidad es que una nación madura debe saber coexistir con todas sus figuras relevantes.

Castro y el Che pueden estar presentes como estatuas, no en un sitio de importancia sino como parte del recuerdo urbano en aquellos sitios donde deambularon porque fueron parte del último periodo verdaderamente “histórico” de la vida nacional. Nos guste o no, su legado está ahí. En cambio, Alessandra, aún si alguna vez llegara a la Presidencia de la República, siempre será una nota de pie de página.

Aunque algunos se nieguen a admitirlo, Fidel y el Che son la manifestación visible de la parte oscura del alma iberoamericana. Y sea como sea, ellos serán mucho más representativos de nosotros que la luz artificial de una feminista liberal pintada de azul.