Ningún gobierno reciente, incluyendo al de López Obrador, había tenido un margen político tan amplio y suficiente como para maniobrar sin oposiciones ni obstáculos. Claudia Sheinbaum, con más del 60% de los votos y un Congreso totalmente a su favor, habría podido poner a la seguridad pública en primer lugar por sobre cualquier otra cosa. En dado caso, la cercanía con el Presidente Trump habría dado pie a una colaboración más profunda que habría permitido a las autoridades mexicanas combatir a los delincuentes con un mejor trabajo de inteligencia y con leyes que faculten a policías y fuerzas del orden a intervenir aquellas comunidades donde el narcotráfico rige los destinos de todos.
Lamentablemente, Claudia Sheinbaum vive fuera de la realidad. Tal parece como si su presidencia y su alta función fuese para su gobierno un verdadero cuento de hadas, con princesas y castillos que se preocupan más por conjuras palaciegas y chismes de aristócratas como Salinas Pliego, que de los verdaderos problemas nacionales.
Estados como Sonora, Chihuahua, Morelos y Michoacán, se han convertido en verdaderos campos de tiro, con decenas de personas fallecidas y una sociedad totalmente abandonada a su suerte en el marco de un gobierno que todavía piensa que existe una oposición malévola encabezada por el PAN y el PRI, que siguen muy a gusto fungiendo con su papel de villanos para distraer la atención de la gente.
La ineptitud del gobierno de Sheinbaum, y los resultados magros de su estratega de seguridad García Harfuch saltan a la vista particularmente debido a la pusilanimidad de su conducta en el gobierno, que los lleva a tomar decisiones lentas, tal como si estuviesen más interesados en ganar tiempo y esperar a las elecciones en Estados Unidos, que en resolver la crisis de inseguridad (o por lo menos intentarlo).
Sobra decir que el gobierno no solo carece de la suficiente inercia e iniciativa para hacer las cosas sino también de los instrumentos legales adecuados y de una verdadera doctrina de seguridad nacional, pues para ellos lo único que importa es la perspectiva de género, la recaudación de impuestos y otros temas netamente burocráticos que no atajan la crisis.
Sheinbaum se equivoca si piensa que su supuesta popularidad se va a mantener permanentemente en las alturas, pues una mera acción mediática en redes sociales puede ser más que suficiente para arrastrar a la opinión pública en su contra como sucedió con Carlos Salinas de Gortari hace ya varias décadas, que de estar en la cúspide de su popularidad terminó convirtiéndose en el más grande villano de la historia reciente de México.
Desgraciadamente, no existe una verdadera oposición ni nadie dentro de la política oficial que tenga la legitimidad ni la presencia como para plantar cara al régimen. De entrada, la pandilla de forajidos ligados a la fallida campaña de Xóchitl Gálvez se encuentra profundamente desacreditada.
Su instrumento político, el anteriormente conocido como Frente Cívico y ahora llamado Sumamos México, no es sino una coalición de progres reciclados de otros partidos y desprestigiados ante la población.
La “derecha” por su parte continúa enfrascada en disputas absurdas con libertarios y otros grupos surgidos de la cloaca de la anglosfera, tal como si sus argumentos fuesen importantes para el futuro del país.
Lo que se necesita, lejos de una postura pro democracia y pro república es una postura de denuncia contra las élites, contra la gran financia internacional y contra todos aquellos que han hecho posible que el estado mexicano desaparezca.

