Autarquía Controlada para México

ByJuan C. Lopez Lee

9 diciembre, 2025

A lo largo de las últimas décadas, México ha participado activamente en procesos de apertura comercial que han buscado integrar su economía a la dinámica global. El TLCAN y posteriormente el TMEC se presentan como ejemplos de acuerdos que prometen crecimiento mediante intercambio, inversión extranjera y acceso a mercados. Sin embargo, la experiencia mexicana demuestra que la apertura irrestricta no siempre produce los beneficios esperados y que, en algunos sectores estratégicos, la dependencia externa puede convertirse en vulnerabilidad estructural. En este contexto, resulta pertinente discutir la posibilidad de un modelo de autarquía controlada, no como aislamiento económico, sino como un enfoque de desarrollo que priorice la producción nacional, la autosuficiencia en rubros esenciales y una relación equilibrada con los mercados internacionales.

La autarquía controlada implica que un país decide cuáles sectores proteger, cuáles abrir y en qué condiciones hacerlo, tomando como eje central el interés nacional. No busca desconectarse del mundo, sino ordenar la interacción económica externa de tal manera que fortalezca al aparato productivo interno, en lugar de debilitarlo o absorberlo. En un país con profundas desigualdades regionales, con sectores primarios estratégicos como el maíz y una base industrial con potencial pero frecuentemente desplazada por importaciones baratas, este modelo puede constituir una vía para corregir distorsiones y recuperar la capacidad de producir aquello que históricamente nos ha definido.

Uno de los ejemplos más urgentes es el del maíz. México es cuna de este grano y posee una diversidad genética única en el mundo. A pesar de ello, el país importa grandes volúmenes de maíz amarillo, principalmente para uso pecuario e industrial. Estas importaciones compiten deslealmente con los productores nacionales porque provienen de países altamente subsidiados o con tecnologías que reducen los costos de manera artificial. El resultado ha sido la erosión progresiva del campo mexicano, especialmente en regiones donde el maíz es no solo un cultivo, sino parte de la cultura y la identidad. En un esquema de autarquía controlada, México podría imponer aranceles diferenciados al maíz importado, proteger al productor nacional y destinar recursos a mejorar rendimientos, infraestructura, almacenamiento y comercialización interna. El objetivo no sería cerrar las fronteras, sino garantizar que el maíz mexicano tenga prioridad y que su producción se convierta en motor de desarrollo rural.

La lógica puede extenderse a otros sectores estratégicos. La autarquía controlada propone que México solo importe aquello que no puede producir de manera eficiente, ya sea por falta de recursos naturales, limitaciones tecnológicas o costos prohibitivos. Productos como maquinaria de alta especialización, ciertos minerales o componentes electrónicos seguirían siendo importados, pero bajo términos ventajosos y con políticas internas que promuevan el desarrollo de capacidades locales a mediano plazo. De esta manera, el país reduce su vulnerabilidad ante interrupciones en la cadena global y fortalece industrias que hoy dependen demasiado del exterior.

Este modelo no implica estatismo absoluto. Al contrario, se fundamenta en el impulso a la iniciativa privada dentro de un marco donde el Estado actúa como regulador estratégico y orientador del desarrollo. Las empresas mexicanas serían las protagonistas de la reconstrucción productiva, pero tendrían un Estado que protege su crecimiento, en lugar de dejarlas competir desarmadas frente a corporaciones internacionales de gran escala. En este sentido, la autarquía controlada promueve una alianza entre sector público y privado donde ambos comparten objetivos: aumentar la producción nacional, diversificar la industria, promover la investigación tecnológica y fortalecer el mercado interno.

La experiencia internacional demuestra que la apertura comercial no garantiza por sí misma el desarrollo. Países que hoy son potencias industriales, como Corea del Sur, China y Japón, pasaron por largos periodos de protección selectiva y construcción interna de capacidades antes de abrirse plenamente al mundo. Su éxito no radicó en rechazar el comercio global, sino en regularlo cuidadosamente, defendiendo sectores clave mientras se fortalecían internamente. México podría adoptar una ruta similar, ajustada a sus características y necesidades específicas, sin caer en extremos ni renunciar a su participación en la economía global.

Un elemento central en este planteamiento es el fortalecimiento del mercado interno, que ha quedado debilitado por décadas de políticas orientadas hacia la exportación. Si bien las exportaciones son importantes, no pueden ser la única base del crecimiento. Un país con un mercado interno vigoroso puede sostener su economía incluso en periodos de crisis internacionales, pues la demanda nacional se convierte en motor de estabilidad. Para lograrlo, es necesario que los mexicanos consuman productos hechos en México, pero no por obligación nacionalista, sino porque esos productos son competitivos, de calidad y accesibles. La autarquía controlada propone reglas que permitan a la producción local recuperar espacio sin caer en proteccionismos irracionales.

Esto implica también fomentar la innovación tecnológica y el valor agregado. Si México desea depender menos del exterior, especialmente en áreas de manufactura avanzada, energías renovables, tecnología alimentaria y maquinaria agrícola, es indispensable invertir en investigación, universidades, centros de desarrollo y empresas emergentes. La autarquía controlada no pretende congelar la economía en modelos productivos del pasado, sino impulsar una modernización basada en las capacidades reales del país. Un sistema que incentiva la producción local debe ir acompañado de una transformación educativa y tecnológica que eleve la competitividad sin recurrir a salarios bajos como única ventaja.

Otro aspecto fundamental es la seguridad alimentaria. En años recientes, el mundo ha experimentado crisis en cadenas de suministro, aumentos abruptos en precios internacionales y tensiones geopolíticas que afectan la disponibilidad de alimentos. Un país que depende excesivamente de importaciones, especialmente en productos básicos, queda expuesto a riesgos que están fuera de su control. La autarquía controlada busca mitigar esos riesgos mediante el fortalecimiento del campo, la diversificación de cultivos y el desarrollo de redes de distribución nacionales que reduzcan la dependencia de mercados externos. No se trata de aislarse del mundo, sino de asegurar que la población mexicana tenga acceso estable y accesible a alimentos producidos en México.

La industria también se beneficiaría de este modelo. La imposición de aranceles inteligentes sobre productos que compiten de manera desleal con fabricantes nacionales podría rejuvenecer sectores como el textil, el calzado, el mobiliario, la metalmecánica y la industria alimentaria. El objetivo es generar empleo, retener talento y evitar que México se convierta únicamente en un país ensamblador que depende de cadenas de valor controladas en el extranjero. Con políticas adecuadas, las pequeñas y medianas empresas mexicanas podrían ganar terreno en el mercado nacional y eventualmente participar en exportaciones bajo condiciones más equitativas.

No obstante, la autarquía controlada no debe implementarse de manera abrupta. La transición requiere planificación, análisis sectorial, participación del sector privado y un proceso gradual que permita a la industria mexicana adaptarse y fortalecerse. Sería necesario renegociar o replantear cláusulas del TMEC, en caso de que ciertas medidas entren en conflicto con compromisos asumidos. Sin embargo, también es posible desarrollar estrategias dentro del marco legal actual aprovechando espacios permitidos, como medidas sanitarias, incentivos internos y programas de fortalecimiento productivo.

En última instancia, la autarquía controlada no es una invitación al aislamiento ni a la autosuficiencia total, sino un llamado a reorganizar la economía con base en prioridades nacionales. Su objetivo es construir un México más productivo, menos dependiente, más seguro en su alimentación y más fuerte en su industria. Es una propuesta que combina apertura selectiva, protección inteligente, impulso al sector privado, y una visión de Estado orientada al desarrollo. En un contexto global volátil, donde los países buscan cada vez más proteger sus recursos estratégicos, México tiene la oportunidad de reconsiderar su modelo económico y avanzar hacia un esquema que privilegie su propio crecimiento y bienestar antes que la lógica de mercado externa.