El concepto de la Generación Z, como un colectivo de jóvenes nacidos entre mediados de la década de 1990 y principios de 2010, ha sido promovido en los últimos años no solo como una categoría sociológica, sino también como un instrumento de manipulación ideológica en las protestas políticas que han tenido lugar en varios países, incluidos Perú, Nepal y México. Esta generación, que se presenta como el símbolo de la juventud progresista, se ha convertido en el objetivo de diversas agendas políticas que buscan no solo movilizar a este segmento social, sino dividir a la sociedad y fomentar un antagonismo generacional en aras de un proyecto de globalismo y marxismo cultural.
El filósofo y politólogo Agustín Laje ha señalado cómo el marxismo cultural instrumentaliza a ciertos grupos sociales —como las mujeres, los trabajadores o las minorías— para promover una agenda que, en realidad, busca la desestabilización de las estructuras tradicionales de la sociedad. En el caso de la Generación Z, esta instrumentalización se realiza a través de la creación de narrativas que les presentan como los defensores de la libertad y la justicia social, mientras que, en realidad, se les utiliza como peones en un juego más grande, que tiene como fin último la consolidación de un orden globalista que despoja a las naciones de su soberanía y homogeneiza las culturas. En países como Perú, Nepal y México, hemos visto cómo los movimientos estudiantiles y juveniles, enarbolando banderas de progresismo y activismo social, se convierten en el motor de protestas que, aunque aparentemente luchan por la democracia o la justicia social, en el fondo sirven a intereses ajenos al bienestar real de las naciones.
En Perú, las protestas contra el gobierno de Dina Boluarte fueron en gran medida protagonizadas por una juventud que, manipulada por ciertas élites políticas y mediáticas, no solo cuestionó al gobierno, sino que también promovió una narrativa que buscaba dividir aún más al país en términos de clase social y geografía. El concepto de “Generación Z” se utilizó para pintar a estos jóvenes como los nuevos líderes del cambio, cuando, en realidad, muchos de los mensajes y demandas que se promovían en las protestas estaban alineados con intereses internacionales que no necesariamente respondían a las necesidades del pueblo peruano, sino a la agenda de actores externos que favorecen la disolución de ciertas estructuras “autoritarias” de los gobiernos nacionales. En el caso del Perú, las movilizaciones fueron reforzadas por los seguidores “bolivarianos” del defenestrado Pedro Castillo, que no perdonaron a Dina Boluarte su “traición” a la izquierda. Sin embargo, quien podría beneficiarse de este “desprestigio” de la clase política podría ser Keiko Fujimori. Después de todo, su progenitor cooptó masivamente a la izquierda a través de masivos programas de asistencia social que beneficiaron a sus dirigentes.
El caso de Nepal es curioso porque los jóvenes de la Generación Z impulsaron una protesta contra un gobierno dirigido por una coalición comunista. Sin embargo, difícilmente podríamos catalogar las movilizaciones como verdaderamente “anticomunistas”, pues que los que protestaron no lo hacían en nombre de la monarquía derrocada, ni de la tradición hindú, ni del nacionalismo tradicional sino en nombre de una izquierda “libertaria” que enfrentaba a un gobierno encabezado por ancianos anacrónicos y personas “pasadas de moda”. Claro está, que los jóvenes nepaleses tienen razón al combatir el burocratismo de las nuevas élites comunistas. Sin embargo, en vez de fomentar una verdadera lucha por la soberanía nacional, lo que se dejó ver fue un idealismo político influenciado por organizaciones internacionales y medios globalistas, que promueven una visión del mundo donde las fronteras nacionales y las tradiciones culturales son reemplazadas por un mundo sin identidad y sin autonomía nacional. Los jóvenes, al adoptar este discurso, se ven utilizados para promover un modelo de globalismo que no beneficia a las sociedades en su conjunto, sino que las sumerge en un sistema económico y político que no reconoce sus tradiciones, su identidad cultural ni sus necesidades reales.
En México, lo que detonó las manifestaciones fue el asesinato del alcalde Carlos Manzo y el auge de la criminalidad en nuestro país gracias a la pusilanimidad de López Obrador y su sucesora. Sin embargo, las movilizaciones han sido convocadas por aquellos que se sienten llamados a luchar por causas como la igualdad de género, derechos laborales o cambio climático, todos temas válidos en su origen, pero que, al ser instrumentalizados por partidos políticos, ONGs y grupos de poder, terminan sirviendo a una agenda de control social global. En efecto, estas personas combaten a Claudia Sheinbaum pero no necesariamente por estar en desacuerdo con lo que ella representa sino por el autoritarismo “anticuado” del partido oficial, porque la Presidenta no ha implementado las agendas feministas de manera suficientemente agresiva y porque el obradorismo no respalda algunos puntos sostenidos por la extrema izquierda (la sustitución de las fuerzas armadas por milicias populares, etc.).
La Generación Z en México, a menudo retratada como la nueva vanguardia de la lucha social, se convierte en el vehículo ideal para las agendas neoliberales que promueven políticas como la economía verde, la inclusión global y la diversidad cultural sin considerar la soberanía ni el contexto particular de cada nación. A través de esta movilización juvenil, el marxismo cultural promueve una agenda que despoja a los países de su identidad y los sumerge en un sistema global uniforme, donde las naciones dejan de ser actores autónomos para convertirse en meros jugadores dentro de un tablero controlado por unas pocas élites económicas y políticas. A lo que voy, es que por más que el pirata ficticio del manga One Piece esté combatiendo a determinado gobierno mundial malévolo para crear una sociedad mas justa, sus reivindicaciones no cuestionan la existencia de un gobierno mundial en sí misma y esto es lo que debería de importarnos.
En efecto, este fenómeno no es aislado, sino parte de un plan global más amplio que busca crear divisiones internas dentro de las sociedades a través de antagonismos generacionales. Al presentar a la Generación Z como los portavoces del cambio, se crea una ruptura generacional que debilita las estructuras familiares, tradicionales y nacionales, favoreciendo la fractura y el debilitamiento de los lazos que unen a las comunidades.
De esta forma, la agenda del marxismo cultural no solo se limita a la lucha por la igualdad de clases o derechos, sino que busca algo más profundo: la erosión del concepto de nación y la destrucción de las identidades nacionales.
En conclusión, la Generación Z, tal como se presenta en las protestas políticas en países como Perú, Nepal y México, está siendo utilizada como un instrumento de división que no solo afecta las relaciones generacionales, sino que también promueve una agenda de globalismo que despoja a los pueblos de su soberanía y identidad.
Esta instrumentalización de la juventud, bajo la bandera de la justicia social, es parte de un proyecto mayor de control social que no solo manipula las luchas de los jóvenes, sino que las desvía de la verdadera lucha por una transformación social que tenga como base la justicia, la soberanía y el bienestar colectivo de las naciones. El marxismo cultural se aprovecha de la juventud para imponer una visión global que no responde a las necesidades reales de los pueblos, sino a los intereses de una élite transnacional.

