Pensar en Grande: Hacer Grande a México

ByJuan C. Lopez Lee

14 noviembre, 2025

La conversación pública en México ha estado marcada en los últimos años por una profunda sensación de desencanto en torno a la cancelación del Nuevo Aeropuerto Internacional de México (NAIM) en Texcoco. Para un sector de la población, la cancelación representó la pérdida de un símbolo aspiracional: una obra que, en su narrativa, colocaría a México en el mapa de las grandes infraestructuras globales. Esta percepción se fortaleció ante el contraste con el Aeropuerto Internacional Felipe Ángeles (AIFA), que aunque funcional, eficiente y económico, fue visto por algunos como un proyecto “demasiado modesto” para un país del tamaño y la importancia de México. El AIFA, en esa lectura, parecía pequeño ante la fantasía de un aeropuerto ostentoso, rodeado de centros comerciales extranjeros, hoteles de lujo y boutiques internacionales. Sin embargo, esta interpretación revela un problema más profundo: la idea equivocada de que la grandeza de un país depende de la presencia de símbolos de consumo global y no de la transformación real de su territorio, su economía y su estructura social.

Es necesario revisar críticamente esa visión. El proyecto de Texcoco ofrecía un diseño arquitectónico notable y un potencial claro para convertirse en un nodo de movilidad aérea relevante, pero también era un proyecto construido sobre un vaso regulador, rodeado de fragilidades hidrológicas, con altos costos de mantenimiento a futuro y con una dependencia marcada de ingresos comerciales para su rentabilidad. Su narrativa como “símbolo de grandeza” se apoyaba más en su estética cosmopolita que en una visión nacional de desarrollo integral. En este contexto, el AIFA fue percibido como un reemplazo prudente y comedido, incluso tímido, cuando en realidad representa otro debate: el de la dificultad que México ha tenido para reconciliar infraestructura eficiente con ambiciones transformadoras.

Pensar que un país es grande porque su aeropuerto tiene tiendas de marcas extranjeras es reducir la aspiración nacional a una estética vacía. La grandeza no proviene de un “duty-free” lleno de marcas importadas, sino de la capacidad de transformar la vida de millones de personas, de dominar la ingeniería que modifica el territorio, de construir obras que duren generaciones, de diseñar ciudades donde antes había desierto, de generar energía y agua donde antes había carencia. Un aeropuerto puede ser parte de esta visión, pero nunca su eje central. La verdadera medida de un país grande se encuentra en su infraestructura esencial y en la capacidad de su pueblo para enfrentar desafíos titánicos.

México tiene estos desafíos y tiene, también, el potencial para enfrentarlos. Uno de los mayores retos del país es la desigualdad territorial: regiones del sur y sureste donde abunda el agua, la lluvia y los ríos, mientras vastas zonas del norte enfrentan condiciones desérticas y semiáridas que limitan el desarrollo agrícola, urbano e industrial. La escasez de agua ha marcado por décadas el crecimiento de regiones como La Laguna, Chihuahua, Sonora y Baja California. Aquí es donde surge una oportunidad de imaginar en grande: un proyecto de ingeniería hídrica capaz de conectar la abundancia con la necesidad, de unir el sur húmedo con el norte árido a través de un sistema de acueductos ultramodernos.

Inspirados en los grandes sistemas de irrigación que transformaron regiones enteras del mundo —del Valle Central de California a los proyectos hídricos del Israel actual y del sur de España—, México podría emprender un programa de transferencia masiva de agua desde zonas como Veracruz, Tabasco y Guerrero hacia los desiertos del norte. La ingeniería moderna permite hoy el transporte de agua a largas distancias mediante tuberías enterradas, estaciones de bombeo energéticamente eficientes y sistemas de desalación combinados con energías renovables. Un megaproyecto hídrico nacional podría incluir acueductos que sigan rutas viables a través de la Sierra Madre Oriental, aprovechando corredores naturales, depresiones geográficas y zonas donde la topografía reduzca los costos de bombeo.

Imaginemos por un momento las posibilidades: transformar regiones semiáridas del norte en polos agrícolas y urbanos, crear nuevas ciudades autosustentables que funcionen como motores económicos, convertir el desierto en un espacio fértil mediante irrigación tecnificada, recuperar acuíferos sobreexplotados, estabilizar la producción alimentaria nacional y reducir la dependencia de importaciones. Las zonas áridas del norte tienen una ventaja poco explorada: vastas extensiones de tierra listas para ser desarrolladas, alta radiación solar para energía renovable y proximidad estratégica con mercados internacionales. Con agua suficiente, estas regiones podrían convertirse en centros agroindustriales, tecnológicos y urbanos de primer nivel.

Un proyecto de esta escala también tendría un impacto social profundo. Se crearían millones de empleos en construcción, mantenimiento, agricultura, energía, vivienda y servicios. Surgirían nuevas ciudades con un diseño urbano más ordenado que el de las metrópolis tradicionales, ciudades planificadas con transporte público eficiente, zonas industriales limpias, barrios integrados y sistemas de captación de agua pluvial. En lugar de expandir caóticamente urbes saturadas, México podría crear nuevas regiones de prosperidad que descongestionen el centro y equilibren el territorio.

El país, desde luego, enfrenta obstáculos reales: costos financieros, retos ambientales, la necesidad de coordinación intergubernamental y resistencias políticas. Sin embargo, estos obstáculos no deben impedir que México piense en grande. Las naciones que han construido obras monumentales lo hicieron porque creyeron posible lo imposible, porque apostaron por proyectos que tardarían décadas en completarse, porque sembraron árboles cuya sombra sabían que disfrutarían las generaciones futuras.

Mientras el debate público siga atrapado en si el AIFA tiene suficientes tiendas o si el NAIM habría tenido más vuelos internacionales, México permanecerá detenido en discusiones menores. La verdadera pregunta es: ¿queremos un país que mida su grandeza por la cantidad de marcas extranjeras en sus aeropuertos o uno que construya obras capaces de transformar su territorio? ¿Queremos una nación que presuma edificios o una que domine su propio destino hídrico, energético y territorial?

Pensar en grande implica volver a mirar el mapa completo del país, no un terreno de 4,000 hectáreas en Texcoco. Significa imaginar cómo queremos que sea México no en cinco años, sino en cincuenta. Significa atrevernos a proponer proyectos que hoy parecen inalcanzables, pero que mañana pueden redefinir al país.

México necesita recuperar la ambición nacional, no en el sentido superficial de buscar símbolos cosmopolitas, sino en la capacidad real de transformar su territorio. Construir acueductos colosales, crear ciudades nuevas, devolverle vida al desierto, convertir zonas abandonadas en polos de desarrollo: eso es pensar en serio, eso es soñar con fundamento, eso es plantear una visión verdadera de grandeza.

Hacer grande a México no es una consigna hueca. Es la decisión valiente de mirar más allá de las fronteras de lo posible y construir un país en el que el futuro no sea un accidente, sino un proyecto. Es tiempo de dejar atrás la nostalgia por aeropuertos cancelados y comenzar a imaginar obras que cambien para siempre la geografía y el destino nacional.