Maria Corina Machado, enemiga de la hispanidad

ByJuan C. Lopez Lee

3 enero, 2026

La figura de María Corina Machado ocupa un lugar central en la imaginería de los “opositores” liberales contemporáneos. Además, incluso en el campo del conservadurismo convencional, ella es frecuentemente presentada como un ejemplo de valentía, coherencia y una ruptura frontal con el chavismo. Sin embargo, desde una perspectiva no liberal —tradicionalista, católica y soberanista— la evaluación es más ambivalente. El punto aquí no es cuestionar su firmeza frente al régimen ni su denuncia del populismo autoritario, pero sí el horizonte ideológico y “civilizatorio” que propone para la Venezuela posterior al chavismo. La idea aquí no es criticar a la oposición venezolana en sí, sino al modelo de nación que subyace en su discurso y en su programa.

En efecto, el principal problema de la propuesta de María Corina Machado es su adhesión casi total al liberalismo como paradigma ordenador de la vida social. No se trata únicamente de liberalismo económico, sino de una concepción integral del ser humano, de la sociedad y del Estado. El individuo aparece como unidad básica y autosuficiente, y el mercado como mecanismo casi natural de armonización de intereses. Desde nuestra óptica, esta visión resulta incompleta y empobrecedora, pues desconoce que la persona es esencialmente relacional, insertada en comunidades previas y superiores al individuo mismo, como la familia, la Iglesia y la nación histórica. El riesgo, desde esta perspectiva, es sustituir el populismo chavista por un individualismo igualmente disolvente.

Desde siempre, la Doctrina Social de la Iglesia ha insistido durante más de un siglo en una crítica simultánea al marxismo y al liberalismo sin frenos. Reconoce la propiedad privada y la iniciativa económica, pero subraya su función social y su subordinación al bien común. En el discurso de Machado, en cambio, la economía aparece como un terreno técnico que debe ser liberado de trabas estatales, sin una reflexión profunda sobre la justicia social, la protección de los más débiles o la responsabilidad moral de los actores económicos. Desde una óptica cristiana, esto genera la sospecha de que el remedio propuesto podría agravar fracturas sociales ya profundas pero a esta crítica económica deberíamos sumar también una observación de carácter cultural y moral.

Para Machado, la política solo es un asunto de reglas, instituciones y eficiencia administrativa. Si bien esto es comprensible tras décadas de “arbitrariedad” chavista, su visión prescinde de una propuesta moral explícita. A lo que voy, es que la idea típicamente liberal de un Estado neutral, propia del liberalismo, no es sino una ilusión peligrosa, pues en ausencia de valores y principios éticos compartidos, lo que prevalece es la imposición de agendas propias de las minorías organizadas. En el mundo liberal de Machado, donde no existe una defensa clara de familia, de la vida y de la tradición cristiana, prevalece un vacío donde el progresismo cultural global podrá colonizar la mentalidad de una población que ya de por si, se encuentra profundamente dañada por el materialismo de un chavismo donde “quien no roba, no come”.

También, en el plano geopolítico, la fuerte orientación atlantista del proyecto de Machado es deleznable. Su estrategia de presión internacional, sanciones y legitimación del ataque yanqui ha sido eficaz para visibilizar la naturaleza criminal del régimen chavista. Sin embargo, la reconstrucción de un país no puede descansar de manera tan marcada en actores externos, por más afines que estos sean. La historia latinoamericana ofrece numerosos ejemplos de élites que, en nombre de la modernización y la democracia, terminaron subordinando la política nacional a intereses ajenos. El temor no es infundado: una Venezuela reintegrada al orden liberal global sin condiciones podría perder margen de maniobra para defender sus recursos estratégicos, restaurar su industria y proteger su identidad.

En el discurso liberal, la nación suele entenderse como un contrato entre ciudadanos iguales ante la ley, unidos por instituciones y procedimientos. Para nosotros, en cambio, la nación es una realidad histórica, cultural y espiritual que precede al Estado moderno. En este sentido, las naciones hispanoamericanas no son solo espacios jurídicos, sino comunidades forjadas por una herencia indígena, hispánica y cristiana concretas. La propuesta de Machado, al centrarse casi exclusivamente en ciudadanía, derechos y mercado, desecha esta dimensión orgánica. Por ende, lo que se quiere crear en Venezuela es un país formalmente libre pero culturalmente desarraigado.

Además, confundir Estado fuerte con Estado totalitario, como lo hacen Machado y su séquito de liberales disfrazados de católicos, es un error. Un Estado débil, reducido al mínimo, deja a las comunidades naturales indefensas frente a poderes económicos transnacionales y dinámicas culturales disolventes. La alternativa al populismo empobrecedor no debería ser la demolición del Estado, sino su recuperación como instrumento al servicio del bien común, la justicia y la soberanía nacional.

En lo que respecta a la reconciliación nacional, el discurso de Machado se articula en términos de confrontación absoluta, lo cual es comprensible en un contexto de persecución y abuso. Sin embargo, la política no es solo lucha, sino también pacificación y orden. Por ende, la reconstrucción del país requerirá necesariamente de la participación de sectores hoy alineados o cooptados por el chavismo. Sin una visión clara de reconciliación, el riesgo es perpetuar un clima de guerra civil de baja intensidad que dificulte la gobernabilidad y la estabilidad a largo plazo.

Por décadas, el chavismo impuso un populismo ideologizado, con fuerte carga simbólica y una falsa narrativa revolucionaria. El liberalismo que propone Machado, de la mano del intervencionismo anglosajón, podría imponer una refundación silenciosa pero no menos profunda, basada en el individualismo, la neutralidad moral y la subordinación cultural a modelos importados. En ambos casos, la tradición histórica y religiosa de Venezuela queda marginada y el proyecto de Machado no puede considerarse en modo alguno como una “alternativa civilizatoria”.

Por supuesto, esto no implica negar el papel de Maria Corina como figura de ruptura frente al régimen y su capacidad de movilizar a una parte importante de la sociedad venezolana pero la crítica es más bien una advertencia: derrocar un sistema injusto no garantiza la construcción de un orden justo. Sin una reflexión profunda sobre el tipo de sociedad que se desea reconstruir, la victoria política puede traducirse en una derrota cultural y espiritual.

La reconstrucción de Venezuela requerirá algo más que mercados abiertos, elecciones libres y reconocimiento internacional. Exigirá una recuperación del sentido de comunidad, de la soberanía real y de una identidad moral compartida. Desde esta perspectiva, el desafío no es solo salir del chavismo, sino evitar caer en un liberalismo que, aunque menos violento, podría resultar igualmente incapaz de sostener una nación viva y cohesionada.