Julius Evola. La mujer áurea en la filosofía perenne

ByJuan C. Lopez Lee

13 agosto, 2025

Evola, quien a menudo evoca el misticismo y la metafísica en sus escritos, utiliza la interpretación de la luz y la oscuridad para transmitir una visión tradicional sobre el género y la naturaleza en la condición humana. La «Luz entre las tinieblas» resuena profundamente con los principios de Evola sobre el poder y la naturaleza de lo femenino, entre la luz y la oscuridad.

De igual manera, Evola analizó lo femenino como una figura arquetípica que, en la profundidad de su pensamiento, es un agente universal, un signo de deseo y vida. La luz que emana de una mujer, o más bien la luz del amor, o más bien de la conciencia, es también una imagen real de la feminidad en su aspecto profundo e incompleto. El poder de la evolución, que transita entre la luz y la oscuridad, es una fuerza trascendental, plenamente revelada en el destino de la humanidad.

En el origen de la luz, donde se esconde el “deseo” de ser, la manifestación de lo femenino no se produce sólo en el aspecto del amor, sino también en la acción trascendental y el impulso espiritual. El camino hacia la unidad entre la persona y el universo, según Evola, incluye la capacidad de la luz para integrar espíritu y carne, razón y pasión, en la verdad universal.

La mujer como «diosa» no es solo una fuerza de amor tal como la entiende el mundo, sino una fuerza de santidad e iluminación que purifica y transfigura. Así, la mujer, en esta imagen, se convierte en el elemento generador y sustentador que conduce a la gloria y la inmortalidad.

En esta imagen, la luz dorada, que emana de un único punto central, simboliza no solo el amor verdadero, sino también un poder espiritual y transformador que invita a la verdad interior. La figura semitransparente de la mujer es una imagen del alma, que exuda el poder de su sinceridad y pureza. Evola siempre habló de lo femenino como un poder latente que puede ser robado por diferentes medios. La mujer en este símbolo, con su rostro incompleto, es un ejemplo de lo desconocido, que ilumina su propio potencial en la oscuridad de su ser.

Esto también trae a la mente la figura del «Amor Fiel», donde el señor hace un juramento de fidelidad a la mujer divina, y este sacrificio, este amor, trae no solo la victoria, sino también la transición a la «inmortalidad». Según Evola, este poder de la mujer es un poder espiritual que eleva a los hombres a una profunda iluminación del alma, buscando la pureza y la superación entre lo mundano y lo espiritual.

Después de todo, en la mitología germánica, Siegfriedo, gracias al mismo poder simbólico de hacerse invisible, somete y conduce a las bodas reales a la mujer divina Brunilda. En el mundo precolombino, ejemplos semejantes aparecen de manera más elaborada en el relato de los quichés sobre Hunahpú e Ixbalanqué, e incluso en la leyenda del Popocatépetl. En el relato oaxaqueño sobre la princesa Donají, la conquista de una mujer mítica, como guardiana de frutos de inmortalidad también está presente. En esta leyenda, los vencedores mixtecos piden al rey zapoteco Cosijoeza que les entregue a su hija Donají para garantizar que este respetará el tratado de paz. Sin embargo, sus partidarios tratan de rescatarla, por lo cual esta es ejecutada en el Río Atoyac. Tiempo después, apareció después ahí un lirio eterno, símbolo de la inmortalidad.

Por lo tanto, la mujer en la filosofía perenne, aparece frecuentemente como el puerto de paso hacia la divinidad, hacia la «sabiduría sagrada» que impregna las figuras místicas y heroicas. Por ende, la conquista de lo femenino, que integra la pureza y la inmortalidad, no es solo una fe pasiva, sino una virtud espiritual activa. De ahí que la figura de la mujer, en su poder universal, sea la luz en medio de la oscuridad, que muestra al hombre el camino hacia la plenitud espiritual y trascendental.

Lo que se representa en esta descripción, la figura de una mujer y su aura flotando en la oscuridad, es la representación del paradigma de todas las épocas, que siempre ayuda al hombre a buscar la verdad, a desarrollar la visibilidad desde la eterna oscuridad del mundo.

La luz que emanan las mujeres arquetípicas, según Evola, es un poder universal, que siempre tiene un comienzo oculto.