Culturas premesoamericanas: chontales, cuitlatecos, purépechas y huaves

ByJuan C. Lopez Lee

1 febrero, 2026

Cuando se habla de las culturas originarias de México, el discurso de los académicos e investigadores suele comenzar directamente con Mesoamérica, como si esta hubiese surgido de manera espontánea y autosuficiente. Sin embargo, antes de la consolidación de Mesoamérica como área cultural relativamente coherente, existieron en el territorio múltiples pueblos con formas de vida, cosmovisiones y organizaciones sociales distintas, que no encajaban en el modelo agrícola intensivo, urbano y estatal que después se volvería dominante. A estos pueblos y tradiciones se les puede denominar, de manera amplia, culturas premesoamericanas. No se trata de una categoría homogénea ni cronológicamente uniforme, sino de un conjunto de sustratos culturales que precedieron, acompañaron y en muchos casos fueron absorbidos por la expansión mesoamericana.

Las culturas premesoamericanas se caracterizaron, en términos generales, por una relación más flexible con el territorio, economías mixtas y una organización social menos centralizada. Aunque algunas practicaron la agricultura, esta no siempre fue intensiva ni orientada a la acumulación de excedentes. La caza, la pesca, la recolección y el aprovechamiento estacional de recursos desempeñaron un papel central. Esta diversidad económica contrastó con el modelo mesoamericano posterior, basado en la agricultura del maíz como eje estructurante de la vida social y ritual.

Uno de los rasgos culturales más relevantes de estos pueblos fue su concepción del espacio. A diferencia de las civilizaciones mesoamericanas clásicas (nahuas, zapotecos, mayas, etc.), que tendieron a organizar el territorio en torno a centros ceremoniales monumentales, las culturas premesoamericanas privilegiaron asentamientos dispersos o semi-permanentes. El paisaje no era dominado simbólicamente por grandes construcciones, sino habitado de manera continua, con un conocimiento fino de los ciclos naturales y de los microambientes. Esta forma de habitar el espacio dejó menos huellas arqueológicas visibles, lo que contribuyó a su posterior invisibilización.

En el plano social, estas culturas parecen haber mantenido estructuras relativamente igualitarias o con jerarquías poco marcadas. La autoridad no se concentraba necesariamente en élites sacerdotales o guerreras permanentes, sino que podía ser situacional, ligada al conocimiento ritual, a la experiencia o al prestigio personal. Esta forma de organización contrastó con los Estados mesoamericanos, donde el poder político y religioso se institucionalizó y se volvió hereditario.

La cosmovisión premesoamericana, en la medida en que puede reconstruirse, muestra una relación menos beligerante con lo sagrado. Aunque existían rituales complejos y concepciones elaboradas del mundo espiritual, no hay evidencia clara de sistemas de muerte ritual institucionalizados comparables a los que caracterizaron a algunas sociedades mesoamericanas tardías. La relación con las fuerzas sobrenaturales parece haber estado más vinculada al equilibrio, a la reciprocidad y al mantenimiento de la vida que a la guerra ritual o a la dominación simbólica.

Las culturas asociadas a lenguas relictas (que sobrevivieron pese a estar rodeadas de idiomas con más hablantes e importancia) ofrecen ventanas privilegiadas para comprender estos sustratos. Las comunidades vinculadas al chontal de Oaxaca (tequistlateco), al cuitlateco, al huave o al purépecha conservan, en distintos grados, rasgos culturales que no encajan plenamente en el canon mesoamericano. En el caso de los huaves, por ejemplo, la centralidad del mar y de la pesca como eje económico y simbólico constituye una anomalía dentro de una región dominada históricamente por pueblos agrícolas como los zapotecos del istmo. Su cosmovisión, profundamente ligada a los ciclos marinos y a los vientos, revela una adaptación cultural anterior a la hegemonía agrícola zapoteca.

Los cuitlatecos de Guerrero, por su parte, parecen haber representado una forma de vida menos territorializada y más abierta a la movilidad y al intercambio. Esta flexibilidad, que pudo ser una ventaja en un contexto premesoamericano, se convirtió en una debilidad frente a pueblos agrícolas más organizados y expansivos. Al no poseer centros ceremoniales ni una identidad política rígida, los cuitlatecos fueron fácilmente absorbidos culturalmente, primero por los mesoamericanos agrícolas y después por los nahuas.

El caso purépecha muestra que lo premesoamericano no debe entenderse como sinónimo de fragilidad. Los purépechas desarrollaron una civilización compleja y centralizada, pero con bases culturales distintas a las del mundo nahua. Su énfasis en la metalurgia, su estructura política y su cosmovisión reflejan una trayectoria independiente, posiblemente anclada en tradiciones más antiguas que precedieron a la expansión mesoamericana clásica. La resistencia purépecha frente al militarismo mexica ilustra cómo algunos sustratos premesoamericanos lograron reorganizarse en formas estatales propias.

La expansión de los pueblos agrícolas mesoamericanos implicó una transformación profunda de estas culturas. La intensificación del cultivo del maíz, la sedentarización y la concentración poblacional favorecieron la aparición de élites, de calendarios rituales complejos y de una arquitectura monumental que redefinió el paisaje. En este proceso, muchas prácticas culturales premesoamericanas fueron reinterpretadas, subordinadas o descartadas.

Posteriormente, la expansión nahua introdujo un elemento adicional de ruptura. El militarismo, la tributación y la imposición del náhuatl como lengua franca aceleraron la homogeneización cultural. Para los pueblos premesoamericanos que ya habían sido parcialmente absorbidos, esta etapa significó la pérdida definitiva de autonomía simbólica. Aquellos que lograron sobrevivir lo hicieron en los márgenes, adaptándose a nichos ecológicos específicos o aceptando posiciones subordinadas.

La llegada de los españoles no creó este proceso de avasallamiento, sino que lo profundizó. Las culturas que habían sido integradas al sistema mesoamericano resistieron mejor la colonización, pues contaban con estructuras políticas y religiosas reconocibles para el poder colonial. En cambio, los pueblos premesoamericanos, ya debilitados, fueron los primeros en perder lengua, prácticas culturales y cohesión comunitaria.

Reconocer la existencia de culturas premesoamericanas obliga a cuestionar la narrativa lineal del progreso cultural. Mesoamérica no fue el inicio absoluto de la civilización en México, sino una fase histórica que se construyó sobre la base de múltiples mundos anteriores. Estos mundos no eran necesariamente más simples ni menos sofisticados, sino distintos en sus prioridades culturales y en su relación con el entorno.

El estudio de estas culturas permite entender que la historia cultural de México no es la de una sola civilización triunfante, sino la de una superposición de formas de vida, muchas de las cuales fueron silenciadas. Recuperar la memoria de las culturas premesoamericanas no implica idealizarlas, sino reconocer que la diversidad cultural profunda del territorio antecede y desborda el marco mesoamericano.

En este sentido, las culturas premesoamericanas representan no un pasado superado, sino una clave interpretativa para comprender las tensiones históricas entre centralización y diversidad, entre agricultura intensiva y economías mixtas, entre Estado y formas comunitarias flexibles. Su estudio abre la posibilidad de pensar la historia de México no solo desde lo que se impuso, sino también desde lo que fue desplazado y, sin embargo, dejó huellas persistentes en la cultura del presente.