La historia lingüística de México anterior a la consolidación de Mesoamérica suele narrarse desde la perspectiva de las grandes familias que lograron imponerse y reproducirse en el largo plazo: otomangues (de donde proceden otomíes, mixtecos y zapotecos), mayas y yuto‑aztecas. Sin embargo, bajo ese relato dominante subsiste un estrato más antiguo y fragmentario, compuesto por lenguas y pueblos que pueden considerarse relictos o premesoamericanos. Estas lenguas no solo anteceden, en muchos casos, a la expansión agrícola mesoamericana, sino que representan formas alternativas de organización social, territorial y simbólica que fueron progresivamente avasalladas primero por los agricultores mesoamericanos y, más tarde, por los nahuas militaristas.
Hablar de lenguas relictas no implica suponer una homogeneidad cultural o un origen común simple. Por lengua relicta puede entenderse un idioma que ha sobrevivido como vestigio de un panorama lingüístico anterior, conservado de manera fragmentaria o marginal tras la expansión de otras lenguas dominantes. No se trata necesariamente de lenguas aisladas por completo, sino de idiomas que quedaron rodeados, subordinados o desplazados por familias lingüísticas más expansivas, perdiendo territorio, prestigio y funciones sociales, pero conservando rasgos estructurales arcaicos o singulares que remiten a estratos culturales más antiguos.
Estas lenguas relictas suelen asociarse a economías que no dominaban, a nichos ecológicos específicos o a formas de organización social que no favorecieron la centralización política ni la monumentalidad. Su carácter relicto no implica atraso ni inmovilidad, sino una historia de resistencia pasiva, adaptación forzada y, en muchos casos, reducción progresiva hasta la extinción o la supervivencia precaria. Se trata más bien de reconocer que, antes de la cristalización de Mesoamérica como área cultural relativamente coherente, el territorio hoy llamado México albergaba una diversidad lingüística mucho mayor, vinculada a economías mixtas, a patrones de asentamiento menos concentrados y a cosmologías que no giraban necesariamente en torno al Estado, la guerra ritual o la monumentalidad arquitectónica.
Los chontales, los cuitlatecos, los purépechas y los huaves constituyen ejemplos paradigmáticos de este sustrato antiguo. Cada uno siguió una trayectoria distinta, pero todos comparten el hecho de haber quedado en los márgenes del canon mesoamericano y de haber sido presionados, desplazados o reconfigurados por pueblos agrícolas más expansivos y, posteriormente, por la hegemonía nahua.
El caso de los chontales resulta ilustrativo de la ambigüedad de lo premesoamericano. Bajo el nombre de chontal se agrupan realidades lingüísticas distintas. El chontal de Oaxaca es una lengua aislada, sin parentesco demostrado con las familias mayores de Mesoamérica, mientras que el llamado chontal de Tabasco pertenece al tronco maya. Esta homonimia ha generado confusiones historiográficas profundas. En el caso oaxaqueño, el chontal parece representar un residuo de un estrato lingüístico anterior a la expansión otomangue en el sur de México. Su persistencia hasta el presente se explica por el relativo aislamiento geográfico y por una fuerte cohesión comunitaria que permitió resistir la asimilación total.
Los chontales de Oaxaca no fueron absorbidos por completo por los zapotecos ni por los mixtecos, aunque sí quedaron subordinados en términos económicos y políticos. Esta subordinación, sin embargo, no implicó una desaparición inmediata de la lengua, sino una coexistencia tensa en los márgenes del mundo mesoamericano. El chontal sobrevivió porque fue tolerado como diferencia útil, no porque fuera valorado como civilización.
El destino de los cuitlatecos fue mucho más radical. Ubicados en la cuenca del Balsas y en zonas de Guerrero, los cuitlatecos representaban un tipo de población difícil de clasificar desde la lógica mesoamericana. No desarrollaron centros urbanos monumentales ni una iconografía fácilmente integrable al imaginario civilizatorio. Esta falta de monumentalidad y de una identidad política centralizada los volvió especialmente vulnerables. La expansión agrícola mesoamericana primero, y la militarización nahua después, redujeron progresivamente su espacio cultural.
A diferencia de otros pueblos, los cuitlatecos no fueron incorporados como corporaciones indígenas estables. Esto incrementó las presiones para la mestización temprana y aceleró la desaparición de su lengua, que quedó reducida a fragmentos léxicos mal documentados. El cuitlateco es, quizá, el ejemplo más claro de cómo una lengua premesoamericana puede desaparecer no por exterminio directo, sino por disolución social bajo un sistema que no reconoce su valor simbólico.
El purépecha ocupa un lugar singular dentro de este conjunto. A diferencia de chontales y cuitlatecos, los purépechas sí construyeron una entidad política fuerte, capaz de resistir durante siglos la expansión nahua. Su lengua, aislada y sin parentesco claro con las grandes familias mesoamericanas, apunta a un origen distinto, posiblemente anterior a la configuración clásica de Mesoamérica. El Estado tarasco puede interpretarse como una forma alternativa de civilización, no derivada del modelo nahua, sino paralela y, en muchos aspectos, opuesta.
La resistencia purépecha frente a los mexicas no fue solo militar, sino también cultural. Su cosmovisión, su organización política y su tecnología metalúrgica revelan un desarrollo autónomo. Sin embargo, esta misma singularidad los convirtió en un blanco preferente de la narrativa mesoamericanista posterior, que tendió a explicar su diferencia como anomalía o excepción, en lugar de reconocerla como supervivencia de un estrato más antiguo.
Los huaves, por su parte, representan quizá uno de los ejemplos más claros de adaptación forzada a los márgenes. Asentados en el Istmo de Tehuantepec, los huaves desarrollaron una economía marítima centrada en la pesca, radicalmente distinta de la agricultura intensiva mesoamericana. Su lengua, también aislada, sugiere un origen profundo y una larga permanencia en la región anterior a la expansión zapoteca.
La llegada de los zapotecos al Istmo implicó un proceso de subordinación territorial y simbólica de los huaves. Aunque no fueron exterminados, sí quedaron confinados a zonas específicas y a una especialización económica que los mantuvo en una posición subalterna. La lengua huave sobrevivió precisamente porque quedó asociada a un nicho ecológico particular, pero esa supervivencia se dio siempre bajo presión.
La expansión de los pueblos agrícolas mesoamericanos no fue un proceso homogéneo ni necesariamente violento en todos los casos, pero sí implicó una reconfiguración profunda del mapa lingüístico. La agricultura intensiva, el sedentarismo y la centralización política favorecieron a ciertas lenguas y modelos culturales, mientras que otros fueron absorbidos, desplazados o relegados a los márgenes.
A este primer avasallamiento se sumó, en una etapa posterior, la expansión nahua, caracterizada por un militarismo más explícito y por una ideología imperial que tendía a homogenizar. El náhuatl se convirtió en lengua franca, y con ello aceleró la erosión de las lenguas relictas. Para muchos pueblos premesoamericanos, la dominación nahua fue más disruptiva que la integración agrícola previa, pues implicó no solo subordinación económica, sino también una redefinición simbólica del mundo.
La llegada de los españoles añadió una capa adicional de complejidad, pero en muchos casos simplemente profundizó procesos ya iniciados. Las lenguas que habían logrado consolidarse como parte del sistema mesoamericano sobrevivieron mejor a la colonización. Las lenguas relictas, en cambio, ya debilitadas por siglos de presión, fueron las primeras en desaparecer.
Reconocer la existencia y la importancia de estas lenguas premesoamericanas obliga a replantear la idea de Mesoamérica como origen único y autosuficiente de la civilización en México. Más bien, Mesoamérica debe entenderse como el resultado de una larga serie de superposiciones culturales, en las que pueblos como los chontales, cuitlatecos, purépechas y huaves jugaron un papel fundamental, aunque silencioso.
Estas lenguas no son meras curiosidades filológicas, sino testimonios de mundos posibles que no llegaron a imponerse. Su estudio permite comprender mejor la profundidad histórica del territorio y cuestionar la narrativa que identifica civilización únicamente con agricultura intensiva, guerra ritual y monumentalidad. En ese sentido, las lenguas relictas no representan un pasado atrasado, sino alternativas históricas que fueron derrotadas, pero no por ello irrelevantes.

