Cuba: el “experimento controlado” del poder yanqui

ByJuan C. Lopez Lee

31 enero, 2026

Cuba ocupa un lugar singular en la historia contemporánea de Iberoamérica. No es solo una isla ni únicamente una revolución: es un símbolo, un experimento prolongado y un espejo incómodo tanto para el capitalismo liberal como para los proyectos políticos de izquierda. Desde este punto de vista, Cuba puede leerse no como una simple víctima ni como un mero régimen autoritario, sino como el resultado de una convergencia perversa entre intereses expansionistas, errores “revolucionarios” y una antropología política que terminó reduciendo al ser humano a la mera supervivencia.

La Revolución cubana fue, en sus orígenes, un fenómeno más ambiguo de lo que suele admitirse. Lejos de nacer como un proyecto abiertamente marxista‑leninista, el castrismo inicial se presentó como una rebelión patriótica contra la corrupción del régimen de Batista, un régimen que, paradójicamente, tenía apoyadores pero también enemigos en Estados Unidos. Bajo el gobierno de Batista, el país se había llenado de burdeles a la vez que se predicaba cierta moral puritana, derivada no tanto del catolicismo español sino de la influencia estadounidense protestante, que llegó a la isla de forma indirecta, a través de las logias masónicas encumbradas en el poder desde el momento en que Estados Unidos le arrebató Cuba a los españoles en la guerra de 1898.

Curiosamente, a diferencia de los apadridas entreguistas que habían gobernado Cuba en las décadas anteriores, el gobierno de Batista era pragmático pero patriota. Desde su punto de vista, los burdeles eran un mal necesario porque atraían inversiones y comercio que a la postre servirían para mejorar la vida de la población general. En este sentido, es innegable que pese a los golpes militares, la corrupción y la ausencia de democracia, el cubano promedio gozaba de un nivel de vida mucho más alto que el de el resto del continente. En dado caso, la presencia de funcionarios comunistas en el gobierno de Batista y su tolerancia hacia escuelas de pensamientos socialistas hacía suponer que en determinado momento, el régimen podría virar hacia un nacionalismo social. Tarde o temprano, tanto los burdeles como la colaboración pragmática con Estados Unidos tendrían que ceder paso a un país industrializado, moralmente limpio y económicamente más equitativo. Además, la calidad y el talento personal de buena parte de los cubanos es igualmente innegable, pues a diferencia de lo sucedido en el resto de América, la migración española a Cuba frecuentemente incluyó a las personas más industriosas, inquietas y económicamente capaces de la península ibérica.

En este contexto, no es ninguna casualidad que sectores del establishment estadounidense vieran en Fidel Castro y su movimiento una herramienta disuasiva y controlable: un relevo político que permitiría estabilizar la isla sin alterar de fondo la hegemonía yanqui en el continente. La tolerancia inicial, la cobertura mediática favorable y la falta de una oposición efectiva en los primeros momentos de la revolución sugieren que Cuba fue, en cierto sentido, un experimento permitido, cuando no indirectamente promovido, desde el exterior.

Una “revolución” que afianza al poder yanqui

Aunque algunos pudieran ver estos argumentos como una teoría de conspiración simplista, lo sucedido en Cuba debería ayudarnos a reconocer una lógica geopolítica recurrente. A lo que voy es a que para Estados Unidos, Cuba funcionó como un laboratorio: un escenario donde era posible permitir una ruptura controlada que, si fracasaba, serviría como advertencia para el resto de Hispanoamérica. La revolución, al “radicalizarse” y alinearse con la Unión Soviética, dejó de ser útil en su forma inicial, pero no dejó de ser funcional como ejemplo negativo. Por ende, Cuba se transformó en un sueño disuasivo: la demostración de lo que ocurre cuando una nación hispanoamericana desafía abiertamente el orden continental impuesto por Washington.

Siguiendo con esta misma narrativa, resulta difícil sostener que Estados Unidos careciera de la capacidad real para derrocar al régimen castrista si ese hubiese sido su objetivo prioritario. La historia del siglo XX ofrece múltiples ejemplos de intervenciones directas, golpes de Estado y operaciones encubiertas exitosas de la CIA y el Departamento de Estado en América y otras regiones del mundo. Que el castrismo haya sobrevivido durante décadas no puede explicarse únicamente por su fortaleza interna o por el apoyo soviético, sino también por la conveniencia estratégica de su permanencia. Una Cuba comunista, pobre y aislada era más útil como advertencia que como un problema que debiera resolverse.

La invasión de Bahía de Cochinos y la rebelión del Escambray constituyen ejemplos claros de esta ambigüedad y, más aún, de una traición deliberada. En ambos casos, combatientes cubanos fueron alentados a levantarse contra el régimen con la expectativa de un respaldo decisivo que nunca llegó. En Bahía de Cochinos, el fracaso no fue solo militar, sino moral y político: Estados Unidos abandonó a quienes había impulsado, sellando su derrota y fortaleciendo al régimen de Castro. En el Escambray, campesinos y antiguos revolucionarios anticomunistas fueron dejados a su suerte, aplastados por un aparato estatal cada vez más represivo. La extraña muerte de Camilo Cienfuegos y el encarcelamiento de Huber Matos, nacionalistas que “robaban” popularidad a Fidel y Raúl, son un claro ejemplo de esto. En efecto, ninguna de estas traiciones no fueron accidentes, sino decisiones calculadas que permitieron consolidar el poder castrista y radicalizar su retórica “antiimperialista”.

Cuba, a partir de entonces, sirvió para afianzar una narrativa central del expansionismo estadounidense: la idea de que cualquier nación que se rebele contra su tutela está condenada a la pobreza, al aislamiento y al estancamiento. “Si te sales del sistema, terminarás como Cuba” se convirtió en un mensaje implícito dirigido a América Latina, África y otras regiones periféricas.

En este sentido, el bloqueo económico, más que un intento serio de derrocamiento, funcionó como un castigo ejemplarizante, un cerco diseñado para mostrar los costos de la desobediencia. El sufrimiento del pueblo cubano fue así instrumentalizado tanto por el régimen interno como por la potencia externa.

Ahora bien, resulta necesario enunciar algunos preceptos irrenunciables que deberían regir nuestro análisis del problema cubano, pues la nación no puede construirse sobre la humillación permanente de un pueblo, ni la soberanía puede justificarse cuando se traduce en la negación sistemática de la dignidad de la persona humana. El castrismo, al absolutizar la burocracia y subordinarlo todo a la lógica de la supervivencia material, terminó por reducir al ser humano a la condición de un sujeto deprimido, vigilado y resignado. La vida cotidiana bajo el comunismo cubano se organizó en torno a la escasez, el racionamiento y la adaptación psicológica a la carencia, generando una antropología de la supervivencia que erosiona lentamente la esperanza, la creatividad y la responsabilidad personal. Ciertamente, era deplorable que tantas mujeres cubanas estuvieran involucradas en la baja vida de los casinos y los cabarets. Sin embargo, por lo menos prevalecía la idea, un tanto ingenua por supuesto, de que aquella situación sólo sería temporal, pues pese a las indignidades de esa época, quién se veía obligado a comerciar con alcohol o a vender su cuerpo, al menos podía ahorrar el dinero ganado para adquirir un patrimonio y tener “esperanza”. En la Cuba de hoy, por el contrario, la venta del cuerpo se suscita en medio de un nihilismo degradante, donde todo es intercambiable, donde nada importa y donde hasta los propios instintos que fomentan los celos normales de un hombre por su mujer, son sustituidos por las relaciones abiertas de común acuerdo con extranjeros y políticos a cambio de víveres.

Esta reducción grotesca inaceptable del ser humano no es compatible ni con una visión cristiana ni con un socialismo auténticamente humanista. Desde la tradición católica, la persona humana es más que un engranaje de la burocracia o un receptor pasivo de bienes distribuidos. Desde una perspectiva socialista no liberal, la justicia social no puede limitarse a la igualdad en la miseria ni a la administración perpetua de la escasez. En Cuba, el proyecto revolucionario terminó atrapado en una lógica defensiva, donde toda crítica era traición y toda autonomía era sospechosa. El resultado fue una sociedad exhausta, marcada por la emigración masiva, la doble moral y la pérdida de confianza en el futuro.

Sin embargo, tampoco deberíamos caer en una demonización simplista de Cuba ni en la glorificación acrítica del exilio anticastrista. Cuba sigue siendo una nación con una identidad profunda, una historia rica y un pueblo que ha mostrado una notable capacidad de resistencia. Por ende, el problema no es la idea de justicia social ni la aspiración a la soberanía, sino su secuestro por una élite política que convirtió la revolución en un fin en sí mismo. Del mismo modo, el problema no es Estados Unidos como país, sino su uso sistemático del castigo ejemplar y la manipulación geopolítica del sufrimiento ajeno.

Cuba encarna así una tragedia moderna: la de un país atrapado entre un imperialismo que necesitó su fracaso y un régimen que hizo de la resistencia permanente su única legitimidad. Desde esta síntesis, la superación de esta tragedia solo puede pasar por la recuperación de la centralidad de la persona humana, de la comunidad real y de la nación entendida no como instrumento ideológico, sino como hogar histórico. Mientras Cuba siga siendo útil como advertencia para unos y como símbolo vacío para otros, el pueblo cubano continuará pagando el precio de una revolución que dejó de servirle hace ya mucho tiempo.