Groenlandia ocupa un lugar singular en la historia del continente americano. No solo por su ubicación extrema, en el límite donde América se disuelve en el Ártico, sino porque constituye un caso casi único: es la única nación del continente cuya población sigue siendo mayoritaria y casi totalmente indígena. En un hemisferio marcado por el reemplazo demográfico, la europeización forzada y la disolución cultural, el pueblo inuit de Groenlandia permanece como sujeto histórico central de su propio territorio. No se trata de una minoría tolerada ni de un vestigio folclórico, sino de un pueblo vivo que no ha sido desplazado de manera estructural.
Desde el punto de vista antropológico, los inuit groenlandeses forman parte del gran tronco indoamericano, resultado de las migraciones humanas que atravesaron Beringia desde Asia hacia América. A diferencia de los pueblos que poblaron Mesoamérica o los Andes en oleadas mucho más antiguas, los inuit pertenecen a la última gran migración precolombina, asociada a la cultura Thule, que se desplazó desde Alaska hacia el este y alcanzó Groenlandia alrededor del primer milenio de nuestra era. Esta condición de última oleada no los hace menos americanos; por el contrario, los convierte en guardianes del umbral final del continente, en un pueblo que habita el extremo donde la experiencia indígena alcanza su forma más austera y radical. Su lengua, su relación con el entorno y su organización social no son derivaciones europeas ni productos de un mestizaje colonial, sino expresiones propias de una historia americana autónoma.
Sin embargo, la historia de Groenlandia no puede reducirse a una simple oposición entre lo indígena y lo europeo. Antes de la modernidad, antes de la colonización “ilustrada” y antes del capitalismo atlantista, Groenlandia conoció el cristianismo en su forma católica. Durante la Edad Media, las comunidades nórdicas establecidas en la isla formaron parte integral de la cristiandad tradicional. Existieron diócesis, parroquias, obispos y monasterios reconocidos por Roma, y Groenlandia no era una periferia marginal, sino una frontera viva del mundo cristiano medieval. La diócesis de Garðar es testimonio de una integración eclesial real, anterior a la ruptura protestante y a la lógica colonial moderna.
Este hecho resulta incómodo tanto para el secularismo como para ciertas lecturas simplistas del indianismo, pues demuestra que el cristianismo no es necesariamente un instrumento de dominación moderna ni un elemento intrínsecamente ajeno a la historia de Groenlandia. Desde una perspectiva nacional-católica, esta memoria permite afirmar que la fe cristiana puede formar parte de una continuidad espiritual legítima, siempre que no sea utilizada como herramienta de ingeniería social o de sometimiento cultural. Un dado caso, la ruptura no se produjo con el cristianismo medieval, sino con la modernidad europea y su racionalidad administrativa.
La dominación danesa y la erosión de la cultura
La dominación danesa moderna introdujo en Groenlandia una lógica profundamente distinta. Bajo el discurso del progreso, la higiene y la integración, el pueblo inuit fue progresivamente reducido a objeto de administración. El Estado moderno, con su aparato burocrático y su visión tecnocrática del ser humano, trató a los inuit como una población a “normalizar”, no como una nación con derecho a su propio modo de existir. Durante el siglo XX, se implementaron políticas que hoy resultan moralmente inaceptables: programas de control reproductivo que incluyeron la imposición de dispositivos anticonceptivos a mujeres inuit sin consentimiento informado, procesos de urbanización forzada que destruyeron formas tradicionales de vida, y una introducción masiva del alcohol que provocó graves daños sociales, familiares y espirituales.
Como en el resto de las poblaciones indígenas de América, el alcoholismo en Groenlandia no puede entenderse como un defecto cultural ni como una falla moral del pueblo inuit. Es un síntoma del desarraigo profundo que produce la ruptura violenta entre una cultura y su forma ancestral de habitar el mundo. Cuando un pueblo es separado de su economía simbólica, de su relación con la naturaleza, de sus ritmos y de su estructura comunitaria, se abre un vacío existencial. El alcohol, como en tantos otros contextos coloniales, opera como anestesia del dolor histórico. Ni el moralismo superficial ni el progresismo tecnocrático ofrecen una respuesta adecuada. La sanación no vendrá de nuevas políticas impuestas desde arriba, sino del reconocimiento real de la identidad inuit y de su derecho a existir según sus propios términos.
En este contexto histórico ya profundamente marcado por la colonización moderna, las ambiciones actuales de Estados Unidos respecto a Groenlandia deben ser rechazadas sin ambigüedad. Tratar a la isla como un activo estratégico, una base militar o una mercancía geopolítica es repetir, bajo nuevas formas, la misma lógica imperial que ha devastado a tantos pueblos. Groenlandia no es un territorio vacío ni una pieza intercambiable en el tablero de las grandes potencias. Es una nación indígena viva, una anomalía histórica en un continente donde casi todos los pueblos originarios fueron desplazados o absorbidos.
Combatir al expansionismo yanqui
Desde un punto de vista indianista, Groenlandia representa una excepción preciosa: un territorio americano donde la población indígena no fue sustituida y donde la continuidad histórica no fue completamente quebrada. Además, permitir que sea reducida a objeto de cálculo estratégico sería aceptar una vez más el sacrificio de pueblos concretos en nombre de abstracciones expansionistas. No hay justificación moral para ello, ni desde la doctrina social cristiana ni desde una ética mínima del respeto a los pueblos.
Groenlandia se convierte así en una frontera moral de nuestro tiempo. No es solo una cuestión geopolítica, sino una prueba decisiva: si incluso el último territorio indígena íntegro de América puede ser tratado como mercancía, entonces ningún pueblo está a salvo. Defender Groenlandia no significa idealizarla ni congelarla en una imagen romántica, sino reconocer su derecho a decidir su futuro sin tutelas imperiales, a sanar sus heridas históricas sin nuevas imposiciones y a preservar su identidad en un mundo que todo lo reduce a recurso.
En una época marcada por la disolución de identidades, Groenlandia permanece como un recordatorio incómodo de que no todo está destinado a ser absorbido por el mercado, el imperio o la ideología. Desde una perspectiva nacional-católica e indianista, Groenlandia no es periferia, sino centro simbólico: el lugar donde se juega la pregunta fundamental de nuestra época. ¿Puede un pueblo seguir siendo él mismo en un mundo que exige la renuncia a toda singularidad? La respuesta aún no está escrita, pero pasa necesariamente por rechazar las nuevas formas de colonización y afirmar, sin ambigüedades, que Groenlandia pertenece primero a su pueblo.

