Los cuitlatecos, el enigmático pueblo de Guerrero

ByJuan C. Lopez Lee

31 enero, 2026

La historia de los cuitlatecos y de su lengua constituye uno de los casos más enigmáticos del mosaico lingüístico y étnico del México prehispánico y colonial. Se trata de un pueblo y de un idioma que, pese a haber ocupado una región estratégica del actual estado de Guerrero, quedaron al margen de los grandes relatos civilizatorios y de los esfuerzos sistemáticos de documentación colonial. Hoy, el cuitlateco suele mencionarse como una lengua aislada, extinta y mal conocida, pero esa caracterización, aunque correcta en términos generales, oculta procesos históricos más complejos: su condición de lengua relicta, su relación ambigua con Mesoamérica, su temprana desaparición y las hipótesis —a veces contradictorias— sobre su posible parentesco con otras familias lingüísticas.

Hablar de los cuitlatecos no es únicamente reconstruir un idioma perdido, sino interrogar los criterios con los que se ha definido qué pueblos y lenguas merecieron ser preservados, monumentalizados o integrados al canon mesoamericano. En ese sentido, el caso cuitlateco obliga a repensar la noción misma de “lengua premesoamericana” y los mecanismos sociales, económicos y simbólicos que condujeron a la extinción lingüística mucho antes de que existiera una conciencia moderna de la diversidad cultural.

La región históricamente asociada a los cuitlatecos se localiza en la cuenca media del río Balsas y en áreas costeras y serranas del actual Guerrero. Desde el punto de vista geográfico, se trata de una zona de transición entre Mesoamérica y el norte cultural, lo que explica que los cuitlatecos no encajen cómodamente en ninguno de los grandes bloques civilizatorios. A diferencia de pueblos como los mixtecos, zapotecos o nahuas, los cuitlatecos no parecen haber desarrollado centros urbanos monumentales ni una tradición arquitectónica que llamara la atención de los cronistas o de la arqueología temprana. Esta ausencia de monumentalidad pesó enormemente en la manera en que fueron percibidos y, posteriormente, olvidados.

El término “cuitlateco” en sí mismo es problemático. Proviene del náhuatl, es despectivo y fue aplicado por hablantes nahuas a un conjunto de poblaciones que, desde su perspectiva, ocupaban un lugar marginal y culturalmente distinto. Como ocurrió con otros etnónimos impuestos desde fuera, el nombre no refleja necesariamente una identidad unificada ni una autodenominación. Más bien, parece haber funcionado como una etiqueta amplia para designar a grupos lingüística y culturalmente diferenciados, pero ajenos al núcleo mesoamericano dominante.

La lengua cuitlateca es conocida únicamente a través de fragmentos: listas léxicas breves, referencias indirectas y algunas observaciones tardías realizadas cuando el idioma ya estaba en proceso avanzado de desaparición. A diferencia de lenguas como el náhuatl, el zapoteco o incluso el otomí, el cuitlateco no fue objeto de gramáticas coloniales ni de catecismos extensos. Esto no se debe a una supuesta irrelevancia lingüística, sino a factores sociales muy concretos: la rápida asimilación de sus hablantes, la falta de una estructura comunitaria fuerte reconocida por el régimen colonial y la prioridad misionera otorgada a pueblos considerados más numerosos o políticamente útiles.

En este sentido, el contraste con el chontal de Oaxaca resulta esclarecedor. Aunque también fue una lengua periférica y poco documentada en época temprana, el chontal logró sobrevivir hasta la actualidad. La diferencia radica en que los chontales de Oaxaca conservaron una identidad comunitaria relativamente cerrada y una inserción económica que permitió la transmisión intergeneracional del idioma. Los cuitlatecos, en cambio, parecen haber estado más dispersos, con una organización social menos cohesionada y una mayor propensión al mestizaje lingüístico y cultural.

La idea del cuitlateco como lengua relicta (una lengua geográficamente aislada en medio de otros idiomas más difundidos) implica que no se trataba simplemente de un idioma “atrasado” o marginal, sino de un remanente de estratos lingüísticos más antiguos, anteriores a la plena conformación de Mesoamérica como área cultural. En este sentido, el cuitlateco ha sido comparado con otras lenguas consideradas premesoamericanas, como el chontal de Oaxaca o el seri, aunque cada una presenta trayectorias históricas distintas. La condición relicta del cuitlateco se manifiesta tanto en su aislamiento estructural como en su resistencia a ser clasificado de manera concluyente dentro de una familia lingüística bien establecida.

A lo largo del siglo XX, diversos lingüistas propusieron hipótesis sobre el posible parentesco del cuitlateco. Algunas lo vincularon de manera tentativa con las lenguas chibchanas de Centroamérica; otras sugirieron influencias o contactos con el náhuatl, mientras que también se exploraron conexiones con familias hoy extintas. Ninguna de estas propuestas ha alcanzado consenso, en parte porque el corpus disponible es extremadamente limitado y en parte porque las semejanzas observadas pueden explicarse por contacto prolongado más que por filiación genética directa.

El vínculo ocasionalmente propuesto entre el cuitlateco y el náhuatl ilustra bien los riesgos de las clasificaciones apresuradas. La presencia de vocablos prestados o de rasgos compartidos no implica necesariamente un parentesco cercano. Dada la expansión del náhuatl como lengua franca en amplias regiones de Mesoamérica, es lógico que el cuitlateco haya incorporado elementos nahuas, especialmente en los últimos siglos de su existencia. Sin embargo, estos préstamos no deben confundirse con evidencia genética profunda.

Tampoco resulta convincente una identificación directa con el chontal de Oaxaca, a pesar de que ambos han sido catalogados como lenguas aisladas del sur de México. La falta de correspondencias sistemáticas y la divergencia estructural sugieren trayectorias independientes, aunque no puede descartarse que ambas lenguas representen supervivencias de un panorama lingüístico mucho más diverso que precedió a la expansión otomangue, maya y yuto-azteca.

La ausencia de gramáticas y textos coloniales extensos ha llevado a preguntarse si podrían existir documentos perdidos en archivos o bibliotecas antiguas. Aunque no es imposible, la evidencia disponible sugiere que, aun si existieron notas misioneras más detalladas, estas no alcanzaron el nivel de sistematicidad observado en otros contextos. El cuitlateco no fue una lengua prioritaria para la evangelización, y su desaparición temprana redujo aún más las posibilidades de documentación tardía.

El olvido del cuitlateco también revela una jerarquía implícita en la valoración de las culturas indígenas. Aquellas asociadas a grandes centros ceremoniales, calendarios complejos o tradiciones escriturarias fueron consideradas dignas de estudio y preservación. Las que no encajaban en ese molde quedaron relegadas al silencio. Paradójicamente, esta lógica moderna reproduce, en cierto modo, la mirada modernizadora que privilegió lo monumental sobre lo cotidiano.

En el debate contemporáneo sobre las lenguas premesoamericanas, el cuitlateco ocupa un lugar clave precisamente por lo que no sabemos de él. Su estudio obliga a reconocer que Mesoamérica no surgió en un vacío, sino sobre un sustrato de pueblos y lenguas que, como los cuitlatecos, fueron absorbidos, desplazados o simplemente olvidados. Reconocer esa profundidad histórica no implica idealizar el pasado, sino asumir la complejidad real de los procesos culturales.

Un factor decisivo en la desaparición de los cuitlatecos fue la intensidad excepcional de las presiones para la mestización que recayeron sobre ellos, presiones claramente mayores que las sufridas por pueblos vecinos como los amusgos, los mixtecos o los tlapanecos. A diferencia de estos grupos, que fueron tempranamente incorporados al orden virreinal como poblaciones explotables y culturalmente diferenciadas, los cuitlatecos no encajaron con claridad en las categorías indígenas funcionales al sistema. No fueron percibidos como herederos de una civilización monumental que justificara su preservación simbólica ni como una fuerza de trabajo indígena claramente delimitada. Esta ambigüedad los volvió especialmente vulnerables a la disolución identitaria: la lengua no fue protegida, la diferencia no fue administrada y la integración forzada al mundo mestizo se convirtió en la única vía posible de supervivencia social.

Esta presión histórica hacia la desaparición cultural encuentra un eco inquietante en la realidad contemporánea de San Miguel Totolapan y sus alrededores. La región que alguna vez fue el último refugio del cuitlateco es hoy uno de los espacios más golpeados por la inseguridad, la violencia estructural y el control del narcotráfico. La descomposición social actual no puede entenderse como un fenómeno aislado o reciente, sino como la continuación de un largo proceso de desarraigo, fragmentación comunitaria y pérdida de referentes colectivos. Allí donde una lengua y una identidad fueron forzadas a desaparecer, el vacío no fue llenado por ciudadanía, justicia o desarrollo, sino por economías ilegales y formas extremas de dominación. En este sentido, la extinción del cuitlateco no es solo un hecho del pasado, sino una clave para comprender la fragilidad social presente del sur de Guerrero.

Así, el cuitlateco no debe entenderse únicamente como una lengua extinta, sino como un testimonio de una forma distinta de habitar el territorio y de relacionarse con la identidad. Su desaparición temprana no es señal de debilidad cultural, sino de una flexibilidad que, en un contexto de dominación y reconfiguración regional, terminó por diluirse. Estudiarlo hoy es, en última instancia, una forma de cuestionar los límites de la noción misma de civilización mesoamericana y de abrir espacio a historias que quedaron fuera del relato dominante.