Antonio Gramsci, uno de los pensadores más influyentes del marxismo occidental, desarrolló una lectura profundamente cultural, filosófica e histórica del marxismo. Su aporte no fue el de replicar la doctrina original de Marx, sino el de expandirla hacia una interpretación que comprendiera al ser humano como sujeto social e histórico, moldeado por la cultura, la educación, el lenguaje y las instituciones propias de la Europa moderno, que se globalizó mediante el encumbramiento de los Estados Unidos.
Y es que a pesar de su disfraz indigenista, el marxismo fue la culminación de un largo proceso cultural europeo que integró filosofía, política, economía y transformaciones anti-espirituales en la vida del hombre blanco.
Gramsci afirma con claridad que “la filosofía de la praxis” —nombre bajo el cual se refiere sistemáticamente al marxismo— es heredera de todo el pasado cultural europeo. En sus palabras, dicha filosofía presupone al Renacimiento, la Reforma protestante, la filosofía alemana, la Revolución Francesa, el calvinismo, la economía clásica inglesa, el liberalismo laico y el historicismo moderno. Esta enumeración no es decorativa: busca demostrar que el marxismo es la síntesis de una larga sedimentación intelectual de “Occidente”. No es el marxismo, pues, como dice Agustín Laje, un enemigo de Occidente sino la culminación crítica de su decadencia, pues bebe tanto de la tradición racionalista europea como de los procesos políticos concretos que dieron forma al mundo moderno.
El marxismo y la modernidad
Dentro de esa síntesis, Gramsci sostiene que el “principio moderno” nació en Alemania como espíritu y concepto, pero se hizo realidad histórica en Francia. Mientras los filósofos alemanes, especialmente los idealistas, aportaron categorías y sistemas conceptuales, la Revolución Francesa convirtió esas ideas en praxis política concreta. Para Gramsci, esta complementariedad entre teoría alemana y acción francesa constituye el punto de partida fundamental del marxismo, cuya tarea fue recoger y unificar ambas dimensiones en una teoría crítica capaz de pensar la historia desde sus contradicciones prácticas.
El marxismo es, así, la cristalización consciente de siglos de pensamiento, conflicto y transformación “civilizatoria” que implica la imposición de un solo modo de ser (el del hombre blanco) a todos los pueblos, pues a esa síntesis germano-francesa se suma la contribución de la economía política inglesa. Desde Adam Smith hasta Ricardo, la tradición económica británica otorgó a Marx no solo herramientas analíticas sobre la riqueza y el trabajo, sino un nuevo modelo de sujeto: el homo oeconomicus.
Gramsci subraya que este sujeto no solo tiene un valor instrumental para el análisis capitalista, sino que representa una verdadera innovación filosófica: es un hombre “terrenal”, un ser instalado en lo material, orientado a la producción y transformación del mundo. Inglaterra aporta, entonces, la dimensión económica que completa la síntesis marxiana de filosofía, política y economía.
La terrestridad como clave del marxismo gramsciano
Gramsci identifica el eje unificador de toda esta tradición en el concepto de “inmanencia”. Sin embargo, yo prefiero usar aquí la palabra “terrestridad” puesto que la inmanencia verdadera asume que el mundo material es una emanación de lo divino. Por ende, frente a la trascendencia religiosa, para la cual el ser humano está “de paso” hacia otra vida, la terrestridad afirma que el hombre debe habitar plenamente la tierra: permanecer en ella, transformarla, construir en ella sentido y humanidad. La filosofía de la praxis es, para Gramsci, la culminación del pensamiento “inmanentista” occidental, que desplaza la atención desde lo espiritual hacia la historia y la acción humana.
Así, el marxismo es una filosofía de la transformación radical —pero terrenal—, donde no existe un orden superior prefigurado ni una naturaleza humana fija y eterna. Todo está en movimiento histórico.
Aquí, la noción inglesa del homo oeconomicus, según Gramsci, es un sujeto que define su existencia por las relaciones materiales que establece y transforma, lo cual rompe con la antropología cristiana tradicional y abre paso a una concepción moderna del mundo donde la historia humana, no Dios, es el escenario fundamental.
Aunque Gramsci se adscribe al materialismo, rechaza considerar la “materia” como una sustancia metafísica o un ídolo externo al hombre. Por eso critica a los marxistas que veían la materia como algo fijo e inmodificable. Su materialismo no es cosificación sino oposición directa al espiritualismo religioso. Implica un enfoque cultural y crítico que desmonta cualquier cosmovisión basada en lo trascendente e incuestionable. Se trata de un materialismo histórico que afirma que todo lo humano —ideas, instituciones, valores— surge, cambia y perece en la historia.
Gramsci resume esta visión con una frase contundente: el marxismo es “historicismo absoluto, mundanización y terrestridad absoluta del pensamiento, un humanismo absoluto en la historia”. El adjetivo absoluto subraya que no queda resquicio para lo sobrenatural. Todo está en la historia, y solo la historia puede explicar lo humano.
La necesidad de adhesión social al Estado moderno
En el plano político, Gramsci argumenta que ningún Estado puede sostenerse solo por la fuerza. Requiere la adhesión espontánea, ética y cultural de la sociedad civil. La clase dirigente busca construir hegemonía no solo mediante leyes e instituciones, sino a través de ideas, costumbres, educación y cultura. El Estado moderno, para Gramsci, es un equilibrio dinámico entre coerción y consenso, donde este último ocupa un papel fundamental.
Gramsci sostiene que el “sentido común” —lo que muchos llaman instinto popular— no es algo natural ni espontáneo, sino una creación histórica. Es producto de tradiciones, instituciones, creencias y prácticas transmitidas por la sociedad. Llamarlo “instinto” es simplificarlo, pues es en realidad una forma rudimentaria de concepción del mundo adquirida colectivamente.
Finalmente, Gramsci adopta un presupuesto propio de la modernidad ilustrada: todo avance del conocimiento racional implica un retroceso en las explicaciones trascendentes del mundo. A mayor dominio científico y técnico, menor necesidad de interpretaciones religiosas. El progreso se convierte así en un argumento contra la validez de la trascendencia y a favor de una visión histórica, crítica y plenamente terrenal del ser humano.
En este sentido, Gramsci llevó el marxismo del terreno económico al terreno cultural, mostrando que la lucha decisiva se libra en la conciencia, en la civilización, en el sentido común colectivo. Su obra sigue siendo una de las más influyentes para comprender la política moderna y la batalla por el significado en la sociedad contemporánea.
En suma, el gramscianismo no hace sino corregir las “desviaciones” que se suscitaron cuando pueblos no occidentales (Rusia, China, Corea, etc.) hicieron su propia interpretación de una ideología creada para el hombre blanco occidental y para todos aquellos que padecemos su coloniaje. Es una teoría que afirma la terrestridad total del ser humano, la historicidad materialista de sus instituciones y la necesidad de construir hegemonía cultural para llevar al mundo a una etapa más evolucionada. Es decir, un mundo robotizado, descristianizado, desespiritualizado y sin alma.

