La llamada “civilización occidental” atraviesa una crisis profunda que no puede explicarse únicamente como un ciclo histórico más ni como una simple pugna ideológica entre derecha e izquierda. Lo que hoy se presenta como Occidente es, en realidad, una “civilización” desvinculada de sus raíces espirituales, culturales y comunitarias, reducida a una maquinaria económica y técnica sin horizonte trascendente. El discurso dominante insiste en que Occidente encarna valores universales como la libertad, los derechos humanos y el progreso, pero en la práctica estos conceptos han sido vaciados de contenido y convertidos en instrumentos de control, fragmentación social y homogeneización cultural.
El progresismo no es, como dicen Nicolás Márquez y su séquito de sudamericanos anglófilos, una ruptura con el liberalismo clásico, sino su culminación lógica. Es el liberalismo llevado a su máxima expresión, una fase avanzada en la que la noción de libertad ya no se entiende como responsabilidad moral ni como orden orientado al bien común, sino como disolución de toda norma, de toda pertenencia y de toda identidad heredada. El progresismo no combate al sistema liberal; lo radicaliza. Allí donde el liberalismo del siglo XIX disolvió los vínculos comunitarios en nombre del individuo, el progresismo del siglo XXI disuelve incluso al individuo mismo, fragmentándolo en identidades fluidas, intercambiables y políticamente administrables.
En este contexto, la decadencia de la civilización occidental no es solamente económica o geopolítica, sino antropológica y espiritual. El ser humano occidental ha sido reducido a consumidor, a productor y, finalmente, a objeto de gestión biopolítica. La familia, la comunidad, la tradición religiosa y la memoria histórica han sido erosionadas sistemáticamente, no por un enemigo externo, sino por la lógica interna del propio liberalismo. El progresismo, con su retórica moralizante y su obsesión por la corrección ideológica, funciona como la fase moral del capitalismo tardío, legitimando un orden profundamente desigual mientras simula una preocupación ética por las minorías.
Frente a esta decadencia, han surgido movimientos que se presentan como reaccionarios o restauradores del orden perdido. Entre ellos, el trumpismo ocupa un lugar central. Sin embargo, el trumpismo fracasa precisamente porque es anacrónico. No propone una verdadera alternativa civilizatoria, sino un retorno nostálgico a los años noventa, a una etapa de hegemonía estadounidense incuestionada, crecimiento económico basado en la financiarización y un orden mundial unipolar. Trump no comprende que ese mundo ya no existe y que las condiciones históricas que lo hicieron posible han desaparecido.
El trumpismo ignora la realidad multipolar emergente y se aferra a una visión del mundo propia de la posguerra fría. Su discurso de soberanía nacional es superficial y contradictorio, pues no cuestiona los fundamentos del sistema económico global que ha debilitado a los propios Estados nacionales. Pretende restaurar la grandeza de Estados Unidos sin enfrentar las causas estructurales de su declive, como la desindustrialización, la financiarización extrema y la pérdida de cohesión social.
Más aún, el trumpismo representa el poder en su forma más cruda, pero carece de verdadera autoridad. El poder puede imponer, coaccionar y disciplinar, pero la autoridad solo existe cuando es reconocida como legítima y orientada al bien común. Trump concibe el cristianismo no como una verdad viva que deba restaurar el orden moral y espiritual de la sociedad, sino como un instrumento de control social y de aumento de la productividad. Su interés en la religión es utilitario, funcional y superficial.
Este enfoque instrumental del cristianismo revela la incapacidad del trumpismo para ofrecer una restauración auténtica. No busca una conversión cultural ni una reconstrucción espiritual, sino una moral mínima que permita el funcionamiento del mercado y del Estado. De este modo, el cristianismo es reducido a un accesorio ideológico, a una identidad cultural vacía, desprovista de su dimensión sacramental, comunitaria y profética.
En este sentido, Trump puede entenderse como una gran decepción. Aunque se presenta como opositor al globalismo, en realidad termina reproduciendo muchas de sus lógicas fundamentales. Su confrontación con otros polos de poder no responde a una aceptación de la multipolaridad, sino a un intento desesperado por mantener la hegemonía unipolar estadounidense. En lugar de aceptar un mundo plural de civilizaciones, el trumpismo busca imponer una versión endurecida del mismo orden global que dice combatir.
La paradoja es evidente: en su lucha contra el progresismo liberal, el trumpismo termina reforzando el mismo sistema que lo engendró. Combate los síntomas, pero no las causas. Rechaza ciertas expresiones culturales del liberalismo tardío, pero acepta plenamente su base económica, su antropología individualista y su lógica imperial.
Ante este panorama, resulta necesario replantear qué entendemos por civilización occidental. La llamada civilización occidental, tal como se define hoy desde los centros de poder anglosajones, no es la única ni la más auténtica heredera de la tradición occidental. Existe otro Occidente, frecuentemente ignorado o despreciado, que ha conservado una relación más orgánica entre fe, comunidad, cultura y política: el Occidente indohispánico.
El Occidente indohispánico no es una simple periferia ni una alternativa arcaizante frente a Europa o de Estados Unidos. Es una síntesis civilizatoria propia, surgida del encuentro entre el cristianismo hispánico y las civilizaciones indígenas de América. A diferencia del Occidente anglosajón, que se desarrolló sobre la base del individualismo protestante y el capitalismo liberal, el Occidente indohispánico mantuvo una visión más comunitaria de la vida social, una relación más simbólica con la tierra y una comprensión más integral del ser humano.
En el mundo indohispánico, la fe no fue únicamente una ideología, sino una estructura de sentido que articuló la vida cotidiana, el arte, la organización social y la memoria colectiva. Incluso con todas sus contradicciones históricas, este Occidente alternativo conservó una noción del bien común que hoy resulta subversiva frente al liberalismo global.
La verdadera civilización occidental no es la que hoy se presenta como universal y progresista, ni la que el trumpismo intenta restaurar de forma caricaturesca. La verdadera civilización occidental es aquella que reconoce la primacía de lo espiritual sobre lo económico, de la comunidad sobre el individuo aislado y de la autoridad moral sobre el poder desnudo. En este sentido, el Occidente indohispánico posee claves fundamentales para pensar una salida a la crisis actual.
La decadencia de la civilización occidental contemporánea no se resolverá con regresos nostálgicos ni con imposiciones tecnocráticas. Requiere una reconstrucción profunda de sus fundamentos culturales y espirituales. Ni el progresismo liberal ni el trumpismo anacrónico ofrecen una respuesta adecuada. Ambos son expresiones distintas de un mismo agotamiento histórico.
Solo una civilización que se reconcilie con sus raíces, que acepte la pluralidad de caminos históricos y que renuncie a la pretensión de hegemonía universal podrá superar la crisis actual. En ese horizonte, el Occidente indohispánico no es un residuo del pasado, sino una posibilidad viva para el futuro.

